Caricaturas de Barrister (Abogados) en revista inglesa Vanity Fair

martes, 3 de septiembre de 2013

177).-Comentario del libro El alma de la Toga (XVI): LA HIPERBOLE.-


Luis Alberto Bustamante Robín; José Guillermo González Cornejo; Jennifer Angélica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdés;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Álvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Verónica Barrientos Meléndez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andrés Oyarse Reyes; Franco González Fortunatti; Paula Flores Vargas; Ana Karina González huenchuñir;  Patricio Ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; Nelson González Urra ; Ricardo Matías Heredia Sánchez; Alamiro Fernández Acevedo;  Soledad García Nannig;

Análisis profundo del capítulo "La hipérbole", decimoséptimo capítulo de la obra El alma de la toga de Ángel Ossorio y Gallardo:

1. Resumen y Tesis Central

El capítulo aborda la frecuente tendencia de muchos abogados a exagerar de forma desmedida la gravedad de los litigios, empleando un tono truculento, dramático y grandilocuente para asuntos que en realidad son vulgares o menores (como disputas económicas insignificantes o conflictos vecinales cotidianos).

La tesis principal sostiene que el cultivo desatinado de la hipérbole desacredita al letrado, revela inexperiencia y destruye su fuerza moral. El abogado debe mantener una comprensión serena, mesurada y realista de las cosas humanas, huyendo de las posturas ridículas, la teatralidad excesiva y la peligrosa costumbre de identificar o divinizar ciegamente al cliente.

2. Estructura y Puntos Clave

El desarrollo del capítulo se compone de los siguientes argumentos fundamentales:

El falso drama forense: Ossorio ironiza sobre las frases hechas y exageradas que se leen en demandas y recursos ("la vejación más repugnante", "el despojo más inicuo", "un peligro para los sustentos de la sociedad"). La vida es, por lo general, una vulgaridad gris; de cada cien casos, noventa y cinco son picardías ínfimas, errores minúsculos o torpezas cotidianas que no merecen apocalipsis verbales.

El peligro del histrionismo: El letrado que grita y dramatiza por cualquier nimiedad pierde credibilidad (igual que quien da gritos de asesinato por ver un ratón) y demuestra que carece de verdadero trabajo o perspectiva. Además, criticar con tonos agudos y fingidos todo tipo de asuntos denota un perverso sentido estético.

La idealización absurda de los criminales: El autor condena la pésima costumbre de algunos defensores que intentan santificar a delincuentes o hampones comunes ("el rata Pichichi"), tratándolos como modelos de honorabilidad y poniendo la mano en el fuego por ellos. El buen gusto y la dignidad exigen no fraternizar obscenamente con el cliente en lo criminal ni divinizarlo en lo civil.

El perfil del abogado mesurado: Frente a la hipérbole, Ossorio propone un decálogo de virtudes prudenciales para el jurista:

Una convicción serena de la tesis que se defiende.

Un escepticismo amable y una generosidad franca que reconozca que en cada ser humano cabe lo bueno y lo malo.

Una expresión mesurada y austera, con propensión a la ironía antes que al estrépito.

Seguir siempre el consejo cervantino: "Llaneza, muchacho, llaneza..."

3. Ideas Fuerza y Citas Memorables

La realidad frente al drama fingido:

“La vida, dentro de su gran complejidad, suele ser una vulgaridad gris... de cada cien casos, noventa y cinco son picardías ínfimas, errores minúsculos, obcecaciones explicables...”

El riesgo de perder la autoridad moral:

“El letrado que se emperra en ponderar el tema cual si hubiera de producir una conmoción, pierde fuerza moral para ser atendido...”

La moderación y el consejo cervantino:

“Antes de abrir los registros estruendosos, mire bien si el caso lo merece o no; y en caso de duda, huya de hipérboles y aténgase al consejo cervantino: -Llaneza, muchacho, llaneza...”

4. Reflexión y Vigencia Actual

Este capítulo ofrece una lección imborrable sobre la sobriedad y la ética retórica en el derecho:

La elocuencia no es griterío: Nos enseña que la fuerza de un argumento jurídico no reside en la cantidad de adjetivos descalificativos o dramáticos que se utilicen, sino en la solidez lógica, la precisión y la serenidad de la exposición.

La independencia frente al cliente: Recordar que defendemos una postura jurídica porque consideramos que nos asiste la razón en ese punto, sin necesidad de santificar la vida o la moral personal del patrocinado, previene al abogado de caer en ridículos corporativos y en injusticias hacia la parte contraria.

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