Caricaturas de Barrister (Abogados) en revista inglesa Vanity Fair

martes, 4 de octubre de 2011

78).-La Alameda Bernardo O'Higgins de Santiago.-a


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma;Nelson Gonzalez Urra ;  Paula Flores Vargas;Ana Karina Gonzalez Huenchuñir; Ricardo Matias Heredia Sanchez; Alamiro Fernandez Acevedo;  Soledad García Nannig;Katherine Alejandra Del Carmen  Lafoy Guzmán



La Avenida Libertador General Bernardo O'Higgins, más conocida como Alameda o Alameda del Libertador Bernardo O'Higgins, es la principal avenida de la ciudad de Santiago, capital de Chile. Fue llamada así en honor a quien ordenó darle protagonismo.
Con un trazado de casi ocho kilómetros, es la columna vertebral del transporte público y privado de la ciudad. Recorre en dirección poniente-oriente las comunas de Lo Prado, Estación Central y Santiago, siendo en estas últimas su avenida principal. Se extiende desde el nacimiento de la Avenida Los Pajaritos y la Ruta CH-68, autopista que une la capital chilena con el Gran Valparaíso, en el sector conocido como Las Rejas, hasta terminar en la Plaza Baquedano, donde cambia de nombre y continúa como Avenida Providencia. Entre la Avenida Ricardo Cumming y calle Bandera su bandejón central es un parque urbano

De ser un vertedero que marcaba el límite del Santiago colonial por el lado sur, se convirtió en el siglo XIX en el principal paseo social de los capitalinos. Los profundos cambios urbanos en el siglo XX y la masificación del automóvil la reconvirtieron en una vía para el transporte vehicular y ahora, cuando cumple dos siglos, la principal arteria del país tiene su mayor proyecto de remodelación en suspenso. 
palacio de moneda
Historia

"Era una magnífica avenida de árboles limitada por dos líneas de edificios suntuosos, que le dan el carácter de los Campos Elíseos de la capital de Chile. Es el barrio de las casas elegantes, el paseo favorito de los santiaguinos y el centro de los monumentos que recuerdan las glorias pasadas y presentes de la Nación... pero el mármol y el bronce están descuidados, la avenida solo tiene buen aspecto en un estrecho espacio donde se pasea en carruajes ciertos días de la semana".
La Alameda Bernardo O'Higgins, principal arteria de Santiago y vía por la cual se han experimentado múltiples ejercicios arquitectónicos a lo largo de su historia, no ha estado libre de críticas ni cuando vistió sus mejores galas, como lo consigna la descripción del viajero inglés Teodoro Child a fines del siglo XIX, cuando la recorrió en momentos en que ya lucía el efecto de las intervenciones propuestas por Benjamín Vicuña Mackenna que la consolidaron como el gran paseo de la capital.
Un punto de encuentro recreativo en su concepción original que en el lapso de dos siglos se ha convertido en el escenario de las mayores manifestaciones sociales asociadas a momentos históricos, políticos, económicos y sociales que ha vivido Santiago. Una columna vertebral por la que circulan diariamente uno de cada tres santiaguinos que ha mutado continuamente su perfil en la medida en que la ciudad crece en extensión y densidad.
Una vía estructurante, en definitiva, de casi ocho kilómetros que ha dado su impronta a la ciudad ordenándola de poniente a oriente y de norte a sur, y que los 200 años que cumplió en julio la encuentran en el umbral de nuevos cambios que pretenden devolverle algo de la dignidad perdida -como el emblemático eje cívico de Santiago que es- a manos de décadas de maltrato.

Primeros pasos
iglesia de San francisco 

En el siglo XVI, Santiago no era más que un conjunto de casas de adobe y piedra a un costado del río Mapocho. La Cañada, un brazo del torrente que pasaba por el lado sur del casco fundacional y permanecía gran parte del año seco, prontamente fue convertido en un basural, articulándose como un límite de la ciudad alejado del epicentro que constituía su plaza mayor.
No sería sino hasta la primera década del siglo XIX cuando los esfuerzos por hermosear el sector comenzarían a consolidarse, con las primeras varillas de álamos traídas desde Mendoza por los franciscanos. Dueños desde 1554 de un solar al borde de La Cañada, en el cual construyeron la iglesia de San Francisco, habían sido también los primeros en construir un puente de madera para cruzarla.
"Hasta hace poco se atribuía la idea de construir la Alameda solo a Bernardo O'Higgins, pero fue el fraile Luis Beltrán quien proyectó por primera vez, en 1807, hacer un 'paseo delicioso'", afirma Carolina Quilodrán, profesora del Instituto de Historia y Patrimonio de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, quien constató la autoría del religioso en el marco de su tesis doctoral.
Con todo, es efectivo que el paso decisivo para convertir ese suburbio pantanoso en un espacio republicano, se daría cuando en un decreto firmado el 7 de julio de 1818, el entonces Director Supremo ordenó remodelar La Cañada y transformarla en un paseo para el disfrute de los santiaguinos. Una "Alameda de Las Delicias" que se sumaría a la Plaza de Armas y a los Tajamares como punto de recreación. El mismo O'Higgins participó en la plantación de los árboles, "a veces con inspección diaria".
Claro que no lo hizo solo. Lo secundó en esa tarea otro religioso, fray Joseph Javier de Guzmán, quien según la investigación de la doctora Elvira López Villalón, es el verdadero autor del croquis original del proyecto, atribuido por Vicuña Mackenna a O'Higgins.
José Rosas, jefe del programa de Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos de la Universidad Católica, explica que desde su concepción original la Alameda nunca contempló un trazado rectilíneo, porque La Cañada tenía un cauce norte-sur con una pendiente de 3% hacia el zanjón de La Aguada.
"La Cañada era un cauce irregular que recibía las aguas de las que se beneficiaban las chacras", sostiene. Aguas que permitían tanto regar los cultivos como deshacerse de los desechos, pero que exigía la construcción de tajamares para contenerlas, lo que impedía una continuidad entre sus calzadas.
Su ancho fue dictado por la propia naturaleza, ya que las recurrentes crecidas del antiguo brazo determinaron una línea de edificación cada vez más alejada del lecho. Así, la distancia entre sus fachadas superó largamente las 12 varas que tenían las demás calles.

Auge y esplendor

La necesidad de hermosear la ciudad con una gran vía que se convirtiera en un espacio para la recreación era una forma de dejar atrás el Santiago colonial, que operó como una ciudad más bien "cerrada", donde las calles eran poco seguras, sucias y de mero tránsito, mientras la vida social se hacía adentro de las casas y quintas.
Así, la Alameda de las Delicias se concibió con el propósito de ser el paseo más hermoso de Santiago. Como describe el libro "Mutaciones del Patrimonio Arquitectónico de Santiago de Chile" (Editorial Universitaria, 2015), del arquitecto Antonio Sahady, se trataba de una larga faja de tierra desde las cercanías del cerro Santa Lucía hasta el llano de Portales (actual Barrio Yungay), con cuatro hileras de álamos regados por pequeños canales corriendo cerca de sus raíces.
Entre las dos hileras centrales había un ancho espacio para el paseo, relleno con arena gruesa, que se barría y regaba dos veces al día en verano. Tenía dos espacios circulares, llamados óvalos, por los que debían atravesar los carruajes y caballerías que iban desde la ciudad hacia el llano de Maipú, sin que se les permitiera invadir otra parte del paseo.
Ornamentos como bancos de piedra pulida, labrados a imitación de los hechos en Grecia, se hallaban colocados alrededor de los óvalos, a distancias iguales, a todo lo largo de la calzada central, que constituía el paseo principal, con otros dos más angostos a sus costados.

El minucioso libro de Sahady da cuenta de cómo, a contar de 1850, nuevas calles en el sector occidental, perpendiculares a la Alameda, se sumaron a las que existían hacia el oriente. Dieciocho (1850); Bascuñán Guerrero (1860); Nataniel (1864); Exposición (1868) y Ejército Libertador (1872) fueron ligando el sur y centro de Santiago hasta consolidar a la Alameda como el auténtico nexo de la capital, dejando atrás el carácter de extramuros que tuvo La Cañada.
Los carros de sangre, inaugurados en 1857 con una estación de partida frente a la Universidad de Chile, contribuyeron a relacionar el paseo con las calles por donde estos transitaban. Si hasta entonces los edificios públicos construidos a lo largo de ella eran escasos , durante la segunda mitad del siglo XIX comenzarían a levantarse varios.
"En 1890, la Alameda iba desde El Carmen alto (actual Diagonal Paraguay), pasando por La Moneda y la iglesia de la Gratitud Nacional continuando hasta la Estación Central. Los tranvías no la atravesaban, sino que iban por el lado sur para preservarla como un espacio de paseo. Las calles, a excepción de Bandera, San Diego y Ahumada, tampoco la cruzaban, por lo mismo", comenta Rosas frente a un detallado plano del Santiago de las postrimerías del siglo XIX.

Es la época también en la que se construyen los grandes palacios de las familias más adineradas de la época, desde la aristocracia tradicional a la nueva burguesía enriquecida con el salitre y la explotación minera.

La sobriedad que había imperado en el Santiago colonial cedió paso al afrancesamiento de la élite, los principios de l'École de Beaux Arts y la ostentación sin pudores de las fortunas criollas de fin de siglo, cuyos gustos en materia de estilos se reflejó en una variopinta gama de fachadas renacentistas, góticas, románicas, moriscas, bizantinas y Tudor, entre otras. La mayoría de ellas, en el tramo comprendido entre Teatinos por el oriente y la Estación Central por el poniente.
Aunque fueran el orgullo de sus propietarios y le imprimieran una relativa homogeneidad morfológica a la Alameda, "la impresión que causaban estas construcciones en los viajeros, cronistas y escritores de la época no era en absoluto favorable", consigna Sahady en su libro.

 A las observaciones del ya mencionado Child, respecto a que "los chilenos han preferido ir a buscar inspiración en los templos griegos del siglo de Pericles, y en los castillos medievales de la época de las cruzadas", otro visitante, Alberto Malsh, comentaba que "el país presenta una fachada grandiosa y nada tras ella (...) majestuosas columnas, frisos, capiteles, zócalos veteados de mármol, pero por favor, no los toquéis porque el pedazo quedará en vuestros dedos. Aquí, como allá, todo está falsificado, todo suena a hueco".

Más allá de la mordacidad de estos afuerinos, tanto Sahady como Rosas y Quilodrán coinciden en situar en esta época el momento de mayor esplendor de la Alameda, que se prolongaría hasta las primeras décadas del siglo XX. Algunos de estos palacetes sucumbieron al paso del tiempo y solo quedan en la memoria, como el Portal Edwards (1899), el Palacio Concha-Cazotte (1875) y el Palacio Meiggs (1864). Otros edificios han salvado de terremotos y el olvido gracias a las funciones que en ellos se cumplen, como la Universidad de Chile (1872), el Club de la Unión (1917), la Biblioteca Nacional (1925) y el Palacio Errázuriz (1872).





Están también los esqueletos de nobles construcciones que, amparadas por la declaración de Monumento Histórico, han sido preservadas solo a nivel de fachada, como el Palacio Rivas (1896), hoy convertido en el hotel Diego de Almagro, con el cascarón de su frontis mirando a la Alameda que envuelve una torre de 10 pisos, sin relación arquitectónica alguna.
Una de las modificaciones más importantes a la Alameda se da a partir de 1932 con la creación del Barrio Cívico, que el arquitecto vienés Karl Brunner concibió como un vacío de tamaño equivalente al del edificio de La Moneda, en torno al cual se articulaba.
Un lugar de encuentro que proponía una pausa en el extenso recorrido de la arteria y que se puso en marcha en 1936 con la intención de crear un conjunto armónico al cual deberían subordinarse todas las construcciones que se realizaran alrededor del proyecto.
Pero si Brunner sugirió fijar una altura máxima de edificación que fluctuaría entre 18 y 20 metros de altura, "para evitar siluetas demasiado intranquilas en esta avenida monumental", hacia mediados del siglo XX la continuidad de la Alameda comienza a resentirse. Los edificios que emergían, con volúmenes más altos que los ocho o nueve pisos, comienzan a cortar a la ciudad en dos. Hasta 1920 la iglesia de San Francisco y la Universidad de Chile campeaban en la extensa avenida, pero poco a poco se fueron asfixiando entre las nuevas propuestas arquitectónicas.

Época de cambios

En 1872, aún dominaban los álamos plantados por los franciscanos, pero serían reemplazados por acacias en el tramo entre San Martín y San Antonio. En 1903 fueron desplazadas por olmos y estos, a su vez, por plátanos orientales. El bandejón central seguía arborizado en 1920 y tres décadas después dos hileras de árboles, al sur y al norte, recorrían el sector oriental de la Alameda.
En 1941, el Parque Inglés -un pequeño oasis verde creado en 1896 en el centro frente a la iglesia San Francisco- fue eliminado para favorecer el tránsito vehicular. La misma suerte correría la "Pérgola de las Flores", que en 1948 fue trasladada al Barrio Mapocho por la ampliación de las pistas.
Precisamente, el automóvil sería la causa de los cambios más profundos que viviría la Alameda en el siglo XX, mutando para siempre su carácter de paseo por el de avenida, en la medida que se fue restringiendo progresivamente el espacio destinado al peatón. Una herida de muerte en este proceso, a juicio de arquitectos y urbanistas, lo constituiría la apertura de la Norte-Sur (actual Autopista Central) en 1975.
"Un tajo brutal", en palabras de Sahady, que cortó el núcleo central de Santiago -Alameda incluida- en dos sectores, desarticulándola irremediablemente, y que para la ex presidenta del Colegio de Arquitectos, Pilar Urrejola, si bien era una obra necesaria, el resultado fue "un canal polvoriento que no aportó nada más que rapidez".
El progresivo estrechamiento de la franja central -hoy inexistente en algunos tramos y apenas una demarcación simbólica en otros- ha ido de la mano con su deterioro. Donde sobrevive, resulta casi inaccesible por la interposición de calles. "Es un bandejón muy inhóspito. Parte en Baquedano con unas palmeras y sigue después con microparques que nadie usa", apunta el arquitecto Iván Poduje, para quien la Alameda debe analizarse por tramos.

"Aunque requiere mejoras, el mejor resuelto es el que va entre Santa Lucía y Moneda. Está más abandonado entre Los Héroes y Estación Central, con jardines poco cuidados, estudiantes tomando e indigentes con carpas", dice.

"Ha habido un cambio drástico desde el paseo que fue, destinado a la contemplación, al lugar de paso que es hoy, donde es imposible detenerse", acota Sahady, quien critica la "poca preocupación sobre su importancia para la ciudad". Sostiene que la construcción de la Línea 1 del Metro, que ofrecía la oportunidad de rediseñar el trazado superficial de la Alameda, fue desaprovechada al reponer lo mismo que había antes: una faja central con estatuas que actúa como cinta separadora de los carriles que corren en sentidos opuestos, sacrificándose la mitad de su ancho útil.
Hoy día, el tramo desde Los Héroes hacia el poniente luce, con todo, una muy buena masa arbórea, mientras que hacia el oriente solo angostas franjas centrales enrejadas para impedir que los peatones las atraviesen. Pero a lo largo de la faja el deterioro es evidente, con indigentes viviendo en carpas, basuras acumuladas en torno a los ductos de ventilación del Metro y fachadas grafiteadas y mal tenidas.

Remodelaciones
Torre Entel

En los 80, un proyecto para remodelar la avenida a partir de la Plaza Baquedano nunca fructificó. A inicios de la década del 2000, la construcción de la Plaza de la Ciudadanía buscó revitalizar el Barrio Cívico de cara al siglo XXI, incorporando una plaza pública frente a la fachada sur de La Moneda, un atrio y una fuente de agua, espacio bajo el cual se sitúa un centro cultural.
Sahady cree que, bien o mal mantenidos, palacios como el Elguin (1887), Círculo Español (1906), Íñiguez (1908) o el Irarrázaval (1906) impiden que la Alameda se convierta definitivamente en una avenida anónima y desescalada, pero reconoce tener pocas expectativas sobre la preservación de esta arteria.
"Si la comparas con el Paseo de La Castellana en Madrid, ahí puedes caminar por kilómetros sintiéndote acogido, no agredido por el tránsito. Aquí uno se siente desguarnecido", subraya.
Hace tres años, un concurso público convocó a arquitectos de todo el mundo para diseñar la que pretendía ser la mayor transformación urbana de los últimos 50 años en la capital. Conocida como proyecto Nueva Alameda-Providencia, apuntaba a remodelar 12 kilómetros entre Pajaritos y Tobalaba.
El proyecto ganador "propuso una imagen paisajística unitaria y coherente, con un orden, escala e identidad metropolitana en todo el eje", dijo el ex intendente, Claudio Orrego en su momento. La creación de un corredor de microbuses por el centro de la vía, el ensanche de veredas, incorporación de vegetación, además de ciclovías y la presencia de los autos particulares reducida a "su mínima expresión", son parte del proyecto. También el realce de espacios icónicos con recursos como el agua.

Metro de Santiago.

En la esquina de Alameda con Lord Cochrane se encuentran las oficinas centrales de Metro S.A. En esta avenida se encuentra la Línea 1, que siendo la principal línea del Metro de Santiago, conecta con la Línea 2 en Los Héroes, la Línea 3 en Universidad de Chile y con la Línea 5 en Baquedano. Las estaciones que se ubican bajo esta avenida son, de poniente a oriente:

Las Rejas
Ecuador
San Alberto Hurtado
Universidad de Santiago
Estación Central
Unión Latinoamericana
República
Los Héroes
La Moneda
Universidad de Chile
Santa Lucía
Universidad Católica
Baquedano


Bernardo O'Higgins Riquelme.

(Chillán, Chile, 1778 - Lima, 1842) Político y militar chileno, libertador de Chile y primer presidente del país. Ganado tempranamente para la causa independentista, Bernardo O'Higgins figuró entre los máximos valedores de la «Patria Vieja» (1810-1814), primer intento de emancipación que terminó con la derrota a manos de los españoles de las fuerzas de O'Higgins y José Miguel Carrera en el desastre de Rancagua (1814).






En el exilio argentino conoció a José de San Martín, con quien colaboró en la organización de un ejército libertador. En 1817, en una de las más gloriosas gestas de la historia militar americana, las tropas de San Martín y O'Higgins cruzaron los Andes y vencieron a los realistas en Chacabuco; un año después, la batalla de Maipú selló definitivamente la independencia de Chile. Proclamado Director Supremo de la nación (1817-1823), el propio O'Higgins dirigió los primeros pasos del Chile independiente.

Biografía

Bernardo O'Higgins Riquelme era hijo natural de Ambrosio O'Higgins, militar y administrador colonial de origen irlandés que, habiendo iniciado por entonces una brillante carrera al servicio de la Corona española, llegaría a ser nombrado gobernador de Chile (1788-1796) y virrey del Perú (1796-1801); su madre era doña Isabel Riquelme y Mesa, una bellísima joven criolla. Por conveniencias sociales, el niño recién nacido fue llevado a Talca, donde se crió al cuidado de don Juan Albano Pereira y de su esposa, doña Bartolina de la Cruz.

Cuando cumplió once años regresó a su ciudad natal para seguir estudios en el colegio de los religiosos franciscanos, pero no permaneció mucho tiempo en Chillán, pues su padre, que había sido nombrado gobernador de Chile el año anterior, decidió que completara su educación en un centro más selecto, como era el Convictorio de San Carlos, en Lima; el joven Bernardo prosiguió allí su formación hasta los diecisiete años.


escudo de armas

A esa edad, y siguiendo de nuevo las instrucciones de su padre, Bernardo O'Higgins se puso de nuevo en camino: esta vez se dirigió a Cádiz y de allí a Inglaterra, donde estudió en una academia inglesa; además de cursar materias científicas como geografía, botánica o matemáticas, aprendió francés, música, pintura y esgrima. Durante su estancia de tres años en Gran Bretaña vivió una apasionada aventura amorosa, al tiempo que crecía en él el interés por la política. En este sentido fue clave su relación con el prócer venezolano Francisco de Miranda, uno de los primeros y más influyentes ideólogos e impulsores de la emancipación de las colonias americanas, que le introdujo en la senda independentista.

Entretanto, don Ambrosio O'Higgins había sido nombrado virrey del Perú; enterado del giro ideológico de su hijo, dejó de protegerle, aunque a su muerte (1801) había resuelto legarle la mayor parte de su fortuna. En 1802, con veintitrés años, regresó a la patria, sustituyó el apellido materno por el paterno (pasando de Bernardo Riquelme a Bernardo O'Higgins), y hasta 1810 se dedicó a la hacienda que le dejó su progenitor, la cual engrandeció notablemente. Ocupó cargos públicos, como el de procurador del cabildo de Chillán, y al mismo tiempo se aplicó a la tarea de difundir el ideario emancipador.

Las aspiraciones de los movimientos independentistas que por esos años habían ido gestándose en Chile y en toda la América Latina se vieron favorecidas por los graves acontecimientos que sacudieron la metrópoli. En 1808, la tropas de Napoleón invadieron España; el emperador francés obligó al rey español a abdicar e instaló en el trono a su hermano José I Bonaparte. El rechazo popular a la dominación francesa desató la Guerra de la Independencia Española (1808-1814).

Aunque pronto se constituyó en la península una Junta Suprema de España e Indias que se proclamó depositaria de la soberanía real, la extensión del conflicto bélico -que fue en su mayor parte una desgastadora guerra de guerrillas- había ocasionado de facto un vacío de poder en España. En 1810 comenzaron a formarse en las colonias americanas juntas de gobierno que, a imitación de la Junta de España, declararon al principio su lealtad al depuesto monarca español Fernando VII; tales juntas, sin embargo, sustituyeron a las autoridades coloniales anteriormente nombradas por la Corona, y pronto derivaron, por lo general, hacia posturas independentistas

Ese fue también el caso de Chile, que era por entonces una capitanía general dependiente del Virreinato del Perú. El capitán general de Chile, Francisco Antonio García Carrasco, quiso anticiparse a tales movimientos con la detención de algunas significadas figuras de la causa emancipadora; su actuación desencadenó una revuelta popular el 11 de julio de 1810 y, cinco días después, hubo de presentar su renuncia. Ocupó su lugar Mateo de Toro y Zambrano, quien, para hacer frente a la situación, convocó el 18 de septiembre de 1810 un cabildo abierto, asamblea integrada por 450 notables que resolvió constituir la primera Junta de Gobierno de Chile. Con la puesta en marcha de la Junta, dotada de plenos poderes pero teóricamente fiel a la Corona española, se iniciaba el periodo denominado la Patria Vieja (1810-1814), primera y fallida fase del proceso de emancipación chileno.

Desde el mismo momento de la constitución de la Junta de Gobierno de Chile, Bernardo O'Higgins colaboró activamente con Juan Martínez de Rozas, vocal de la Junta, en la creación de un cuerpo de milicias y la convocatoria de un Congreso Nacional, para el que obtuvo en 1811 el acta de diputado por Los Ángeles. Luego se trasladó a Santiago y se integró en el Tribunal Superior de Gobierno.
 
Siguió después una confusa etapa en la que las luchas políticas se mezclaron con asonadas militares, que desembocaron en un proceso legislativo más activo y liberalizador. El golpe militar de José Miguel Carrera (4 de septiembre de 1811) supuso en la práctica el inicio de la ruptura con la metrópoli y condujo a O'Higgins a presidir, junto con el mismo Carrera y José Gaspar Marín, la cuarta Junta Gubernativa. Pero las intrigas y desavenencias provocaron el cansancio de Bernardo O'Higgins, quien renunció a su puesto en la Junta y se retiró a los trabajos de su hacienda.

Ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos, el virrey del Perú, José Fernando Abascal y Sousa, encomendó al brigadier español Antonio Pareja la misión de imponer su autoridad en los territorios de la antigua Capitanía General de Chile. El desembarco de Antonio Pareja el 26 de marzo de 1813 en San Vicente interrumpió el retiro de O'Higgins, que se reincorporó al bando insurgente para alzarse en armas contra la intentona realista. Muerto el brigadier Pareja y derrotadas sus fuerzas, los realistas se concentraron en Chillán; contra ellos avanzó O'Higgins, pero la posición se mantuvo y los patriotas tuvieron que retirarse.

Mientras las guerrillas realistas se extendían por la región, Bernardo O'Higgins mostró su valor personal y su pericia estratégica en diversos combates, méritos que le condujeron al generalato en 1814. Continuó la guerra contra los españoles, pero hubo de aceptar el convenio de Lircay (3 de mayo de 1814), por el que se mantenía la Junta de Gobierno de Chile a cambio de su sometimiento a la Corona española y de la retirada de las tropas realistas. Ambas partes, sin embargo, ignoraron inmediatamente lo pactado, y el virrey José Fernando Abascal envió un nuevo contingente de tropas al mando del brigadier Mariano Osorio para imponer por las armas la sumisión de territorio.

La llegada de refuerzos para los españoles selló la reconciliación entre Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera, quienes decidieron unir sus fuerzas para concentrarse en la defensa de la estratégica población de Rancagua. La caída de la ciudad (2 de octubre de 1814) originó una crisis política profunda que se saldó con la huida de muchas familias patriotas hacia Argentina, entre ellas la de O'Higgins. El «Desastre de Rancagua» puso punto final a la Patria Vieja: Chile se hallaba de nuevo bajo el dominio español.

Durante su estancia en Argentina, Bernardo O'Higgins trabó íntima amistad con el general José de San Martín, quien había de desempeñar un importantísimo papel en la emancipación de Sudamérica. De la fraternidad que unió al prócer argentino con el libertador chileno dan fe su correspondencia, la inquebrantable lealtad que mantendrían durante toda su vida y los mutuos elogios que se dedicaron.

En una carta de O'Higgins a San Martín, fechada en Mendoza el 21 de marzo de 1816, el primero le pide al segundo cien pesos para atender a las apremiantes necesidades de su familia, que "igualmente que yo -escribe- se halla envuelta en la persecución del enemigo común". La anécdota revela la heroica austeridad y las precarias condiciones económicas a las que O'Higgins estuvo sometido durante estos años. El epistolario completo muestra, por otra parte, una cordial efusividad entre ambos patriotas y hasta contiene algunas íntimas confidencias, porque, como escribió O'Higgins, "no cabe reserva entre los que se han jurado ser amigos hasta la muerte".

San Martín entendía que la definitiva liberación de las colonias hispanoamericanas pasaba por la ocupación del Perú, centro neurálgico del poder virreinal, y proyectaba una expedición por vía marítima desde Chile; obviamente, la caída de la Patria Vieja arruinó sus planes, que precisaban el apoyo y colaboración de un Chile independiente. De este modo, la liberación de Chile se convirtió en el objetivo prioritario de ambos caudillos, que se dedicaron pacientemente a reunir y organizar las tropas que habían de llevar a cabo una temeraria empresa: cruzar los Andes por distintos pasos desde Argentina y caer sorpresivamente sobre Chile.

Bajo la dirección de San Martín y O'Higgins, la campaña de los Andes pasaría a la historia como la más grandiosa gesta militar americana de todos los tiempos: en enero de 1817, en sólo veinticuatro días, el llamado Ejército de los Andes cruzó la cordillera y obtuvo la crucial victoria de Chacabuco (12 de febrero de 1817), que abrió las puertas de la capital, ocupada dos días después. El 16 de febrero, una ciudadanía entusiasta ofrecía el mando supremo del Estado al victorioso general O'Higgins.

Sin embargo, los intereses prioritarios no pasaban entonces por la política sino por la guerra, y fue preciso continuar la lucha en el sur, aunque la suerte ya estaba echada y los realistas dejaron de ser una amenaza seria para la independencia de Chile, que fue proclamada formalmente el 12 de febrero de 1818. Ese mismo año tuvieron lugar los últimos enfrentamientos notables: el nuevo virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela, movilizó un ejército de tres mil hombres, cuya dirección fue otra vez confiada a Mariano Osorio. Los españoles derrotaron a los patriotas en la batalla de Cancha Rayada, en la que el propio O'Higgins recibió un balazo en el brazo derecho. Aún convaleciente, quiso asistir sin embargo a la decisiva batalla de Maipú (5 de abril de 1818), en la que San Martín aplastó a los realistas, asegurando definitivamente la independencia chilena; al término del combate, San Martín y O'Higgins se fundieron en el célebre «abrazo de Maipú».

Conforme a la acertada visión estratégica de San Martín, la toma de Perú precisaba de medios navales; O'Higgins formó una escuadra, entregando su mando a Manuel Blanco Encalada primero y a Thomas Cochrane después. La flota de combate chilena logró mantener la supremacía sobre la armada virreinal, dominando toda la costa del Pacífico. De esta forma el general San Martín pudo organizar la expedición marítima que lo llevaría a desembarcar con su ejército en las costas peruanas (1820) y a apoderarse de Lima un año después, aunque la definitiva liberación del Perú correría a cargo de Simón Bolívar.

Tras la batalla de Maipú, Bernardo O'Higgins pudo dedicarse plenamente a las tareas de gobierno. Aprobó de inmediato un reglamento constitucional (1818) por el cual quedaban fijadas sus atribuciones y deberes en tanto que Director Supremo y se creaba un Senado con funciones legislativas y consultivas; se establecía asimismo una división administrativa en tres provincias y se garantizaban plenamente los derechos y libertades individuales.

La nación a la que ayudó decisivamente a nacer fue libre y unitaria gracias en gran parte a su esfuerzo. La libertad podía saborearse plenamente; libre era el comercio que abarrotaba el puerto de Valparaíso, libres las personas para circular sin pasaporte. La inteligencia y la cultura comenzaron a prosperar, pues en los pueblos se construían escuelas, se creaban bibliotecas y se impulsaban las artes.

Militar afortunado y político honesto y consciente, O'Higgins hubo sin embargo de afrontar pruebas muy duras, como fueron los rencores desatados tras el ajusticiamiento en Mendoza de los hermanos Carrera y la insurrección de Concepción. La promulgación de la Constitución de 1822, que había de sustituir la provisional de 1818, supuso en este sentido el principio del fin: pese a sus indudables avances (limitación a seis años del mandato del Director Supremo, creación de dos cámaras legislativas y reparto de las atribuciones ejecutivas entre tres ministerios), algunas disposiciones que no llegaron a ser incluidas señalaban una orientación que chocaba con los intereses de la Iglesia católica y la aristocracia latifundista.

El 28 de enero de 1823, un cansado O'Higgins renunciaba al mando supremo de la patria en beneficio del general Ramón Freire, que había liderado la oposición al texto constitucional y protagonizado desde Concepción el pronunciamiento que acabó con su mandato. La decisión de O'Higgins ahorró al país una guerra civil; poco después, el prócer de la independencia abandonaba Chile rumbo a El Callao.

Su objetivo era seguir viaje a Inglaterra junto con toda su familia. Para ello confiaba en los rendimientos de unas haciendas peruanas que San Martín le había donado, pero los realistas ocupaban todavía buena parte del territorio del antiguo Virreinato y la situación era caótica. Recibido con todos los honores en Perú, fue amablemente presionado para que asumiera el mando del ejército. Simón Bolívar, que a su llegada a tierras peruanas tomó a su cargo la dirección de las operaciones militares que conducirían a la liberación del Perú, entabló de inmediato amistad con O'Higgins, que pasó a convertirse en un distinguido miembro de su Estado Mayor. Los avatares de la lucha los llevaron a la costa, mientras el general Antonio José de Sucre vencía a los realistas en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), liquidando el último foco de resistencia española en el continente.
 
O'Higgins no llegó a emprender el viaje a Inglaterra; en lugar de ello, permaneció en Perú tratando de rentabilizar sus posesiones de Montalván y Cuiba, en el valle del Cañete. Los rencores que había dejado atrás en Chile maquinaron para que se le interrumpiera el pago de su pensión militar. En 1826, sus partidarios quisieron devolverlo al poder mediante una conspiración en Chiloé, pero, una vez fracasada ésta, el general fue borrado del escalafón militar y quedó prácticamente proscrito.

Cuando en 1836 el ministro chileno Diego Portales declaró la guerra a la Confederación peruano-boliviana, el dictador boliviano Andrés Santa Cruz pretendió ganarlo para su causa; Bernardo O'Higgins condenó la guerra fratricida y se negó a apoyar a Santa Cruz, incluso cuando éste le ofreció el retorno al poder en Chile. En 1839, la victoria del general chileno Manuel Bulnes en Yungay frente a las tropas de la Confederación puso fin a la contienda; se abrió entonces en Chile un paréntesis con una política de reconciliación nacional liderada por el propio Bulnes. Nombrado presidente, Manuel Bulnes ordenó en 1841 que se restituyeran el rango y los sueldos debidos a O'Higgins, pero la reparación llegó cuando el libertador de Chile se hallaba ya a las puertas de la muerte. Falleció en Lima el 24 de octubre de 1842.





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