Caricaturas de Barrister (Abogados) en revista inglesa Vanity Fair

sábado, 10 de septiembre de 2016

271).-Juicio de Beatrice Cenci: Fiscal de causa Pompeo Molella.-a



 Pompeo Molella.-Fiscal de la causa.

( Alatri , ... - Roma , 11 de septiembre de 1608) fue un jurista italiano .

Biografía 

Hijo del notario Valerio y Giovanna Tuzi, nació en Alatri en la segunda mitad del siglo XVI, se doctoró en utroque jure en la Universidad La Sapienza de Roma. Se casó con su compatriota Francesca Vittori en 1574. Fue un famoso jurista italiano. Nombrado alcalde de Alatri en 1586 trabajó para el establecimiento del seminario.
Se aseguró temprano en el favor del cardenal Aldobrandini  y el papa Clemente VII , quien lo designó para el gobierno de Imola y Giudicaria el pueblo , a continuación, se le nombró Generale Procuratore Fiscale di Sua Santità e della Reverenda Camera Apostolica; esto le permitió una carrera rápida en la magistratura del estado papal .
Colaboró ​​con el científico obispo Ignazio Danti , gracias al rigor moral común y el juicio, en la reforma social y estructural de la ciudad principal de Campagna y Marittima . También es conocido por haber celebrado algunos de los procesos más importantes de la época, incluido el que, en 1599 , vio acusados ​​por el asesinato de Beatrice Cenci y sus hermanos, y que terminó con la pena de muerte . Apoyó la acusación y el éxito le valió la suma de 6.000 escudos.

Murió el 11 de septiembre de 1608 y fue enterrado en Roma en la iglesia de San Lorenzo en Damaso.


In utroque jure

La locución latina in utroque jure (o in utroque iure) se aplica a los dobles grados académicos conferidos «en uno y otro derecho», o «en Leyes y Cánones», es decir: en derecho civil y canónico. En la actualidad, tales titulaciones se suelen circunscribir al clero católico y abogados matrimonialistas, pero hasta el siglo XIX eran muy frecuentes entre letrados laicos de países católicos y de Alemania.

La expresión in utroque jure adopta también la forma utriusque juris (utriusque iuris, juris utriusque o iuris utriusque ). Se abrevia de varias maneras cuando acompaña a las palabras doctor, licenciado, maestro o bachiller: utr.jur., jur.utr., utr.iur., iur.utr. Y también se usan, sobre todo en inglés, diversas abreviaturas para doctor in utroque jure (Doctor of both laws): JUD, IUD, DUJ, JUDr., DUI, DJU, Dr.iur.utr., Dr.jur.utr., DIU, UJD y UID.



 



Juicio de Beatrice Cenci

Introducción

(12 de febrero de 1577 - 11 de septiembre de 1599) fue una noble italiana, recordada por ser la protagonista de un espeluznante juicio por parricidio en la Roma postrenacentista.
Beatrice fue la hija de Francesco Cenci, un aristócrata romano que, debido a su temperamento violento e inmoral, más de una vez se encontró involucrado en problemas con la justicia papal. Vivían en el rione (barrio) Regola de Roma, en Palazzo Cenci, construido sobre las ruinas de un palacio medieval fortificado ubicado en el borde del ghetto judío en Roma. Con ellos vivían el hermano mayor de Beatrice, Giacomo, la segunda esposa de Francesco, Lucrezia Petroni, y Bernardo, el joven nacido del segundo matrimonio de Francesco. Los Cenci eran además dueños de un castillo, La Rocca, ubicado en una villa cercana a Rieti (norte de Roma) llamada Petrella del Salto.
De acuerdo con la leyenda, Francesco Cenci abusaba frecuentemente de su esposa e hijos, y llegó al punto de cometer incesto con Beatrice. Él había sido encarcelado por otros crímenes, pero gracias a la indulgencia con la que los nobles eran tratados, el hombre era liberado rápidamente. Beatrice intentó alertar a las autoridades sobre los distintos abusos, pero nada sucedió, a pesar de que todos en Roma sabían qué clase de persona era su padre. Cuando Franceso se enteró de que su hija lo había denunciado, la envió junto con su madre lejos de Roma, a vivir en el castillo de la familia. Hartos del comportamiendo del hombre, los cuatro Cenci decidieron matarlo para poner fin a los abusos, y organizaron un complot.
 En 1598, durante una de las visitas de Francesco al castillo, dos vasallos (uno de los cuales se había convertido en el amante de Beatrice) intentaron envenenar al hombre, pero el intento fracasó, por lo cual Beatrice, sus hermanos y su madre adoptiva golpearon a Francesco con un martillo hasta matarlo, y arrojaron el cuerpo desde un balcón para que todo pareciera un accidente. Sin embargo, nadie creyó que la muerte de Cenci fuera un accidente realmente.
De alguna forma la ausencia del hombre fue notada, y la policía papal inició una investigación para determinar qué había sucedido. El amante de Beatrice fue torturado, y murió sin revelar la verdad. Mientras tanto, un amigo de la familia, conocedor del homicidio, ordenó la muerte del segundo vasallo, para evitar cualquier riesgo. A pesar de todo, el complot fue descubierto, y los cuatro miembros de la familia Cenci fueron arrestados, encontrados culpables, y sentenciados a muerte. 
Los habitantes de Roma, conocedores de los motivos del asesinato, protestaron contra la decisión del tribunal, consiguiendo un pequeño aplazamiento de la ejecución. Sin embargo, el papa Clemente VIII no mostró clemencia alguna: el 11 de septiembre de 1599, al alba, la familia fue llevada al puente del Castillo Sant'Angelo, donde la sentencia se llevaría a cabo.
Giacomo fue descuartizado, y posteriormente sus extremidades fueron colgadas a la vista del público. Lucrezia y Beatrice fueron decapitadas con una espada. Sólo el hermano menor se salvó de la muerte, pero aun así fue llevado hasta el sitio de la ejecución para presenciar la muerte de sus familiares, antes de ser devuelto a remo perpetuo y de que sus propiedades fueran confiscadas para pasar a manos de la familia del papa. Beatrice fue enterrada en la iglesia de San Pedro en Montorio. 
Para la gente de Roma, Beatrice se convirtió en un símbolo de resistencia contra la Teocracia Papal, y una leyenda surgió: cada año en la noche antes del día de su muerte, ella volvió al puente cargando su cabeza.

Espada de la justicia que data del siglo XVI, encontrada en el lecho del Tíber; durante los trabajos de excavación realizados en la última década del siglo XIX para la canalización del río, en el punto donde se levantó el escenario de las ejecuciones, desde donde se obtuvo acceso a los almacenes que contenían las "herramientas" del oficio del verdugo. Probablemente es la espada con la que fueron decapitados Beatrice Cenci y Lucrezia Petroni. Beatrice Cenci, acusada de asesinar a su padre, Francesco Cenci, con la complicidad de su madrastra, Lucrecia Petroni y su hermano Giacomo, fue condenada a muerte por decapitación. Los tres fueron ejecutados en la plaza frente a Castel Sant'Angelo, 11 de septiembre de 1599. La hoja de la espada es larga cm. 101 y ancho cm. 5 en la parte superior y cm. 7 hacia la base. El mango está hecho de madera y mide 39 cm.
Historia

Una leyenda romana asegura que en la madrugada de cada 11 de septiembre la silueta fantasmal de una muchacha muy joven aparece en la puerta de la iglesia de San Pietro in Montorio y, caminando lentamente a orillas del Tíber, se dirige hacia el castillo de Sant’Angelo. 
Aunque ésta es una más de las muchas historias que ponen una nota de misterio en Roma, ha permitido conservar el recuerdo de la trágica odisea de Beatrice Cenci –el espectro doliente–, que protagonizó junto con su familia uno de los episodios más escabrosos que se recuerdan en la ciudad. 
Su dramática historia comenzó en Petrella del Salto, una pequeña localidad pocos kilómetros al norte de Roma, en plena campiña del Lacio. 
Allí, en un castillo conocido como La Rocca –propiedad de su aristocrática familia– nació Beatrice el 12 de febrero de 1577. Su padre, Francesco Cenci, que entonces tenía cerca de cuarenta años, era un acaudalado terrateniente de carácter violento y conducta amoral, odiado por la práctica totalidad de quienes le conocían. Cuando todavía era muy joven había contraído matrimonio con Ersilia Santacroce, con la que tuvo doce hijos, aunque sólo siete alcanzaron la edad adulta: Giacomo, Cristoforo, Antonina, Rocco, Beatrice, Bernardo y Paolo. 
Tras la muerte de su esposa, Francesco confió a las religiosas de Santa Croce in Montecitorio la educación de sus dos hijas, Antonina y Beatrice, y poco después contrajo nuevas nupcias con una viuda llamada Lucrezia Petroni. La ambición y la conducta disipada de Francesco Cenci le habían llevado a enfrentarse varias veces con el papado y a tener que vérselas con la justicia por cuestiones muy delicadas. En una ocasión fue acusado de forzar a uno de sus criados menor de edad a practicar el «vicio nefando» 
(*nefando: Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin repugnancia u horror). 
Sólo la compra de favores entre los encargados de juzgarle lo salvó de la hoguera y, decidido a poner tierra de por medio, se hizo construir un soberbio palacio en las inmediaciones del gueto judío de Roma, donde se instaló en abril de 1595. 
Por aquel entonces, Antonina –la mayor de las dos hermanas– ya no residía en el convento de Santa Croce, puesto que se había casado. Por su parte, Cristoforo y Rocco se habían incorporado a la milicia papal. Así pues, quienes acompañaron a Francesco a la nueva residencia fueron su esposa Lucrezia y sus hijos Giacomo, Beatrice, Bernardo y Paolo. Francesco pensaba que, una vez en Roma, su cercanía a la corte papal induciría al pontífice a olvidar sus antiguos desencuentros y le sería más fácil medrar socialmente, al tiempo que podría conseguir para sus hijos un futuro más prometedor del que les esperaba retirados en la campiña del Lacio. Sin embargo, al poco tiempo estalló la tragedia. Francesco Cenci resultó ser, también en la intimidad, un auténtico energúmeno que se dedicaba a maltratar a sus hijos y a sus servidores, violaba a su esposa y abusaba de su propia hija pequeña 
Precisamente fue Beatrice la primera en alertar de la situación a las autoridades, pero su juventud –apenas contaba dieciocho años– y la condición de noble de su padre quitaron toda verosimilitud a su denuncia. Francesco simplemente fue requerido por la autoridad, que lo mantuvo retenido unos días en prisión y lo devolvió a casa, donde cabe pensar que, espoleado por la ira, redobló sus tropelías. Decidió entonces recluir a su familia en el castillo de La Rocca. Allí les visitaba frecuentemente con la seguridad de que, al estar lejos de la vigilancia de las autoridades romanas, él quedaría a salvo de todo peligro. 
Pero se equivocaba. Hartos de sufrir abusos de todo tipo, Lucrezia, Beatrice, Giacomo y Bernardo idearon un complot para deshacerse de aquel tirano doméstico. Con ellos colaboraron dos jóvenes del lugar, uno de los cuales, Olimpio Calvetti, pretendía a la joven Beatrice pese a la prohibición explícita de su padre, que por oscuros intereses se negaba a que la muchacha contrajera matrimonio. Y fue el mismo Olimpio, durante una de las visitas de Francesco al castillo, quien intentó envenenarle. 
Pero no consiguió terminar con la vida de aquel hombre odiado, así que entraron en acción las mujeres de la familia, decididas a acabar con su tormento. Cuando el padre de familia estaba inconsciente a causa del tóxico ingerido, Lucreziay Beatrice le golpearon la cabeza con una maza hasta matarlo. Luego, Giacomo y Bernardo arrojaron el cuerpo por la ventana para simular un accidente. 
Nadie les creyó. La guardia papal inició una investigación y el amante de Beatrice, una vez capturado, fue torturado hasta la muerte. Otro tanto sucedió con su cómplice, que pereció sin revelar la verdad. Hasta que, finalmente, se interrogó a la familia y se descubrió la verdad de los hechos. 
Los cuatro cómplices fueron arrestados, declarados culpables y condenados a muerte, a excepción de Bernardo, que fue indultado a causa de su juventud. Aun así, se le obligó a contemplar la estremecedora ejecución de todos los miembros de su familia y pasó el resto de sus días en prisión. Cuando trascendió la noticia de la condena a muerte de Beatrice y los suyos, Roma en pleno se echó a la calle. El talante agresivo de Francesco Cenci era de todos conocido, la familia alegaba haber actuado en legítima defensa el veredicto del jurado se interpretó como un abuso de autoridad.
 El levantamiento popular fue tan violento que requirió la intervención de las fuerzas del papado. Ante el temor de que las protestas acabaran por convertirse en un conflicto violento, el tribunal concedió un pequeño aplazamiento para la ejecución de la sentencia. Todos confiaban en que la tregua serviría para que el papa Clemente VIII reflexionara y concediera el indulto. Pero, movido por la oportunidad de hacerse con la inmensa fortuna de los Cenci y pese a la gravedad de los hechos que se imputaban al cabeza de familia, el pontífice no mostró clemencia alguna. 
El 11 de septiembre de 1599, los cuatro Cenci fueron llevados frente al castillo de Sant’Angelo, donde se había levantado el patíbulo. Allí, Giacomo fue descuartizado con tenazas al rojo vivo y sus miembros quedaron a la vista del público, todo ello ante los ojos horrorizados del joven Bernardo. Luego, atendiendo a su condición de nobles, Lucrezia y Beatrice fueron decapitadas en lugar de ser ahorcadas, como era habitual en el ajusticiamiento de reos comunes. 

Sin olvido ni sepulcro 

El cadáver de Beatrice fue llevado en procesión hasta la iglesia de San Pietro in Montorio, donde fue sepultada bajo el altar mayor sin ninguna lápida en la que figurara su nombre. Los bienes confiscados a la familia pasaron a manos de la Iglesia, engrosando así las arcas papales. Desde entonces, Beatrice fue venerada como una auténtica santa laica y su sepultura se convirtió en lugar de peregrinación. 
Para la gente de Roma, Beatrice se convirtió en un símbolo de resistencia contra la Teocracia , y una leyenda surgió: 
Cada año en la noche antes del día de su muerte, ella volvió al puente cargando su cabeza.

La trágica vida y la desgraciada muerte de Beatrice Cenci fueron y siguen siendo motivo de inspiración para músicos y poetas. Pero, sobre todo, se convirtieron en un símbolo de resistencia contra todo abuso de poder. El poeta inglés Percy B. Shelley, impresionado por la belleza del retrato de la joven que había pintado Guido Reni, fue el primero en sucumbir al dramatismo de semejante historia. Le siguieron, entre otros, Stendhal, que la incluyó en sus Crónicas italianas (1829), y Alejandro Dumas, que incorporó el ensayo Los Cenci a su obra Crímenes célebres (1841). En época más reciente Antonin Artaud (1935) y Alberto Moravia (1956) rindieron homenaje en sendas obras teatrales a la desdichada 

El primer intento de tratar el tema con evidencias documentales fue el de A. Bertolotti en su obra "Francesco Cenci e la sua famiglia" (2ª edición, Florencia, 1879). Incluye una serie de documentos con los que intenta sitúar los acontecimientos en su verdadera dimensión. Dio a conocer el testamento de Beatrice y sugiere la existencia de un hijo oculto de Beatrice, criado por la señora Catarina de Santis. 
Dejaba en un principio 300 escudos a un "pobre niñito" y luego, el último día de vida, amplió la suma a 1.000 escudos disponiendo que al cumplir los 20 años de edad podría poseer libremente ese dinero. En base a estos datos se ha sugerido que este niño misterioso pudo haber sido fruto de una relación con Olympio Calvetti y que su embarazo fue el motivo por el cual su padre la encerró en La Rocca. 



 Literatura y artes

Beatrice Cenci, H. G. Hosmer.


Beatrice Cenci, H. G. Hosmer. 
Beatrice Cenci ha sido mencionada en un buen númeo de obras literarias y musicales: 
Beatrice Cenci, novela de Francesco Domenico Guerrazzi 
Les Cenci, novela de Stendhal 
The Cenci: A Tragedy in Five Acts, drama de Percy Bysshe Shelley (compuesto en Roma y Villa Valsovano cerca a Livorno, Mayo–Agosto 5, 1819, publicado en primavera de 1820 por C. & J. Ollier, Londres, 1819) 
Béatrix Cenci, por Astolphe de Custine 
Béatrix Cenci, 1839, por gran poeta polaco, Juliusz Słowacki 
Nemesis, tragedia escrita por Alfred Nobel. 
Beatrice Cenci, obra teatral de Alberto Moravia 
Beatrix Cenci, ópera compuesta por Alberto Ginastera con letra de Alberto Girri. 
Beatrice Cenci, ópera de Berthold Goldschmidt 
Les Cenci (1935), obra teatral de Antonin Artaud 
The Cenci, ensayo escrito por Alejandro Dumas en el volumen 1 de Celebrated Crimes 
The Cenci (1951-52), ópera de Havergal Brian 
Beatrix Cenci (1971), ópera de Alberto Ginastera. 
"Beatriz Cenci, una historia romana" (2009), obra teatral de Pedro Amorós. 



Retrato que se considera es el de Beatrice Cenci, atribuido a Guido Reni, que
 Percy Bysshe Shelley vio en Palazzo Colonna en 1818.
La pintura, Beatrice Cenci, del pintor manierista Guido Reni (1575-1642) y la leyenda rodeando a Beatrice figura prominentemente en el Fauno de Mármol (1806) de Nathaniel Hawthorne. Los dos personajes femeninos principales del libro, Hilda y Miriam, debaten la naturaleza y amplitud de la culpabilidad de Beatrice. Hilda cree que el acto de Beatrice es un "crimen inexpiable", mientras que Miriam cree que no fue "pecado en lo absoluto, sino la mejor virtud posible en las circunstancias." Hawthorne dibuja muchas similaridades entre Miriam y Beatrice, y el lector debe debatir si Miriam es o no, una vengadora o una culpable. 
La pintura de Reni aparece también en la película de David Lynch Mulholland Drive (2001), que se muestra en el apartamento de Hollywood de Ruth Elms, como una referencia de Cenci. 
Una película italiana sobre su historia, dirigida por Lucio Fulci, fue lanzada en 1969. La ópera canadiense Beatrice Chancy, escrita por George Elliott y James Rolfe, e inspirada por el drama de Shelley, trasplantó el relato a un escenario ancontrado en la Nueva Escocia del siglo XIX. Harriet Goodhue Hosmer esculpió el mármol Beatrice Cenci (1857) el cual se halla en la Librería Mercantile de San Luis. 


 Importancia histórica.


 Beatrice Cenci era, para tomar una muestra de fragmentos de sonido a lo largo de los siglos, una "diosa de la belleza", un "ángel caído", una "damisela más pura". También fue una asesina convicta. Esta es una combinación carismática, sobre todo aquí en Italia, y su nombre ha perdurado, especialmente en Roma, donde nació y donde fue ejecutada en 1599.

La historia, tal como nos llega, tiene la compacidad de la leyenda. Habla de una hermosa adolescente que mata a su brutal padre para proteger su virtud de sus avances incestuosos; que resiste el interrogatorio y la tortura con valor inquebrantable; y que acude impenitente a su ejecución y lleva consigo una ola de simpatía popular. Ha habido muchos tratamientos literarios de la historia, el más famoso de los cuales es el drama en verso de Shelley, The Cenci, escrito en 1819. Otros escritores atraídos por el tema incluyen Stendhal, Dickens, Artaud y Alberto Moravia. 
El atractivo de la historia es en parte espeluznante: una mezcla picante de sexo y violencia del Renacimiento; una sensación de hechos oscuros detrás de las puertas cerradas de una prominente familia romana. Permite vislumbrar, en palabras de Shelley, "las cavernas más oscuras y secretas del corazón humano". También está el enigma ético que plantea, su enigma de culpa legal versus inocencia moral. Al final de la obra de Moravia, Beatrice Cenci(1958), le dice a sus fiscales:

 'Acúdenme si quieren, pero soy inocente ... De acuerdo con su justicia, seguramente podrán probar que soy culpable de la muerte de mi padre. Pero nunca podrás probar que no soy al mismo tiempo inocente según otro juez, una justicia que no puedes conocer, y mucho menos administrar.
Antecedente

 La bella asesina, la inocente pecadora: La Cenci ha lanzado su hechizo sobre la imaginación - especialmente sobre cierto tipo de imaginación masculina - y es con cierta dificultad que uno excava en el cieno del sentimiento literario hasta el evento en sí, que tomó lugar hace cuatrocientos años, en el escarpado pueblecito de La Petrella del Salto,

Pasadas las siete de la mañana del 9 de septiembre de 1598, una mujer llamada Plautilla Calvetti estaba peinando lino en su casa de La Petrella. Oyó un clamor confuso afuera: 'gritó palabras que no pude entender'. Se apresuró a salir a la calle. Alguien que conocía la llamó: 
'¡Plautilla, Plautilla, están gritando en el castillo!'
El castillo se alzaba sobre un peñasco empinado sobre el pueblo. Se la conocía como La Rocca, y ciertamente hoy sus ruinas rechonchas, cubiertas de escobas y saúcos, parecen más un afloramiento de roca que los restos de un edificio. Entonces era el tipo de fortaleza-casa de campo tosca y estratégicamente ubicada en la que un noble romano muy rico y muy dudoso podría optar por esconderse cuando las cosas se pusieran un poco calientes, tanto climáticamente como figurativamente, en Roma. Este fue en general el caso de los actuales inquilinos del edificio: el conde Francesco Cenci, un romano de 52 años en torno al cual se agruparon como moscas del verano las acusaciones de corrupción y violencia; su segunda esposa, Lucrezia; y su hija menor, Beatrice.

Plautilla conocía el castillo y sus secretos mejor que la mayoría del pueblo. Su marido Olimpio era el castellano o administrador del castillo, y ella también trabajaba allí como ama de llaves. Por eso los aldeanos estaban aquí en su casa, gritando que algo andaba mal, incluso más de lo habitual, en La Rocca. Sin embargo, Olimpio estuvo ausente.

Plautilla corrió de inmediato por el empinado camino hacia el castillo, "con una zapatilla puesta y una zapatilla quitada". 
Vio a Beatrice Cenci mirándola desde una de las ventanas. La llamó:
 "Signora, ¿qué ocurre?". 

Beatrice no respondió. Estaba claramente angustiada pero "extrañamente silenciosa", a diferencia de su madrastra Lucrezia, a quien se podía escuchar gritar dentro del castillo.

Algunos hombres se apresuraron a bajar por la pista. Al pasar junto a Plautilla le dijeron: "Signor Francesco e morto". 

El infame Conde Cenci estaba muerto. Su cuerpo yacía en lo que se llamó la "madriguera", un denso matorral debajo de la roca del castillo que se usaba como vertedero. Parecía que se había caído del balcón de madera que rodeaba el piso superior del castillo. 
Hubo una caída de seis canne (unos trece metros) en la madriguera. Parte del balcón se había derrumbado: se podía ver madera astillada, aunque la brecha parecía pequeña para que el voluminoso Conde se hubiera caído.

Fueron a buscar escaleras. Tres o cuatro de los hombres bajaron por el "muro del desierto" y entraron en la madriguera. Confirmaron que Cenci estaba muerto, a pesar de que las ramas de un anciano rompieron su caída. De hecho, el cuerpo ya estaba frío al tacto, lo que sugiere que la muerte había ocurrido unas horas antes. Lo subieron con gran dificultad, lo ataron a una de las escaleras y en esta camilla improvisada lo llevaron al estanque del castillo, por debajo de la puerta exterior. 
Se había reunido una multitud de aldeanos, entre ellos tres sacerdotes. Contemplaron los restos mortales del gran Conde Cenci. Tenía la cara y la cabeza manchadas de sangre; su costosa casacca o la túnica de pelo de camello estaba rasgada y ensuciada con la basura de la madriguera: un 'trapo miserable'.

Fue durante el lavado del cuerpo, en la piscina del castillo, que comenzaron a surgir preguntas. Mientras enjuagaban la sangre del rostro raddd del conde, encontraron tres heridas en un lado de su cabeza. Dos estaban en la sien derecha, el más grande 'de un dedo de largo'. La herida más profunda y fea estaba cerca del ojo derecho. Una de las mujeres encargadas de lavar el cuerpo, que se llamaba Dorotea, hizo comentarios irreverentes sobre el muerto. Metió el dedo índice en la herida con espantoso placer. Uno de los sacerdotes, Don Scossa, dijo más tarde:

 "Ya no podía mirarlo". Porzia Catalano, otra espectadora, dijo: 'Desvié la mirada para no tener que mirar, porque me asustó'.

Sin embargo, no fue la broma macabra de Dorotea lo que impresionó a los sacerdotes, sino la naturaleza de las heridas. No sabemos hasta qué punto sus declaraciones fueron moldeadas por conocimientos posteriores, pero todos los sacerdotes que presenciaron el lavado del cuerpo afirmaron haber reconocido instantáneamente que las heridas en la cabeza de Cenci no habían sido causadas por una caída desde el balcón, sino por un violento soplar con un instrumento afilado. 
Pensaron que habían sido 'hechos con una herramienta de corte como un hacha' o con un 'hierro puntiagudo', o posiblemente con un estilete. Uno de los sacerdotes, don Tomassini, también notó un profundo hematoma en el brazo del Conde, por encima de la muñeca izquierda.
 Así, incluso antes de que se cerraran los ojos del muerto (o más bien, como señaló Don Scosso de manera pedante, 'el ojo izquierdo, porque el ojo derecho fue completamente destruido por la herida'); Incluso antes de que el cuerpo, vestido con una camisa limpia y colocado sobre sábanas y cojines del arcón de lino del castillo, hubiera sido transportado por el camino serpenteante hasta la iglesia del pueblo de Santa María, que iba a ser su lugar de descanso, ya se sospechaba que la muerte del Conde Cenci no fue un accidente sino un caso de asesinato.

De pie en el sitio de la piscina del castillo cuatro siglos después, con la ayuda de las convenciones de la película de terror Hammer a la que a menudo se parece esta historia, uno imagina ese momento de reconocimiento naciente, cuando los aldeanos reunidos guardan silencio y sus ojos se vuelven lentamente a la imponente silueta de La Rocca, a la figura «extrañamente silenciosa» de Beatrice en la ventana.

Este breve relato, basado en declaraciones de testigos, capta al menos algo de la realidad del asesinato de Cenci. Es un evento local, como todos los eventos históricos son para empezar; una repentina y ruidosa intrusión en las rutinas de una mañana de finales de verano en La Petrella. Este es el evento antes de que el polvo se haya asentado. A partir de entonces, se distorsiona progresivamente por varios tipos de partidismo: la investigación policial, la extracción de confesiones, las intimidaciones del juicio, las crueldades generales del veredicto, y luego por las oscurecedoras cortinas de la leyenda.

La investigación 

- por parte de las autoridades romanas, que controlaban la provincia de Abruzzo Ulteriore - fue minuciosa e incluso los ardientes defensores de Beatrice no discuten sus conclusiones básicas. De hecho, el conde Cenci había sido asesinado horriblemente. Mientras dormía, drogado por un somnífero preparado por Lucrezia, dos hombres habían entrado en su dormitorio. A pesar de la droga, parece que se despertó. Uno de los hombres lo sujetó, el hematoma en la muñeca que vio don Tomassino, mientras que el otro le colocó una púa de hierro en la cabeza y se la clavó con un martillo. 

Las dos heridas más leves en la cabeza del Conde probablemente fueron golpes chapuceros antes de que el golpe de gracia se hiciera añicos. Luego vistieron el cuerpo, lo joroba hasta el borde del balcón y lo arrojaba a la madriguera. Dejando un agujero a medias en el piso del balcón para que pareciera un accidente, y una gran cantidad de evidencia de la 'escena del crimen' (sábanas empapadas de sangre y el resto) para demostrar que no lo era, cabalgaron hacia la noche.

Los dos hombres eran Olimpio Calvetti - el castellano de confianzade La Rocca, el esposo de Plautilla y, más tarde se supo, el amante de Beatrice, y un cómplice contratado, Marzio Catalano, alias Marzio da Fiorani. Estos eran los asesinos del conde Cenci, pero en realidad solo eran sicarios. Los verdaderos artífices del asesinato fueron la familia inmediata del conde: Lucrezia y Beatrice, su sufrida esposa e hija; y su hijo mayor sobreviviente, Giacomo. Este último estaba realmente en Roma cuando sucedió, pero sus extensas confesiones proporcionaron la mayor parte del caso en su contra. Se decía que Beatrice había sido la más implacable de los conspiradores, la que instó a los asesinos cuando se resistieron en el último momento. Ella, sin embargo, se negó a confesar, incluso bajo tortura.

Juicio.

El proceso judicial duró exactamente un año, tiempo durante el cual ambos asesinos murieron. A Olimpio Calvetti, que huía por las colinas de los Abruzos (aquí cambiamos de Hammer Horror a Spaghetti Western), un cazarrecompensas le cortó la cabeza con un hacha. Marzio Catalano murió torturado en las salas de interrogatorio de la prisión de Tordinona en Roma.
 El 10 de septiembre de 1599, Giacomo, Beatrice y Lucrezia Cenci fueron ejecutados fuera del Castel Sant'Angelo, a orillas del Tíber. La muerte de Giacomo fue prolongada: fue arrastrado por las calles en un carro, su carne mutilada con tenazas calientes, su cabeza aplastada con un mazo, su cuerpo fue descuartizado, pero las dos mujeres caminaron hacia la muerte "sin atar y con ropas de luto" y fueron "limpiamente" decapitadas. Un relato no del todo confiable de la ejecución agrega que Lucrezia tuvo dificultades para instalarse en el bloque debido a la amplitud de sus senos. Un cuarto Cenci, Bernardo, demasiado joven para participar activamente, se vio obligado a presenciar la matanza de sus parientes y fue enviado a las galeras a partir de entonces.

El asunto fue una cause célèbre, que resuena brevemente a través de los boletines del día: 

"La muerte de la joven, que era de una presencia muy hermosa y de una vida muy hermosa, ha conmovido a toda Roma a la compasión"; 'Tenía 17 años y era muy hermosa'; 'Ella fue muy valiente' a su muerte, a diferencia de su madrastra, que era un 'trapo'.

Los hechos escuetos del caso no van muy lejos para explicar el apasionado interés que ha despertado, que poco tiene que ver con el asesinato real del conde Cenci: sobre eso, el veredicto de la posteridad es un simple 'adiós'. Es más bien la cualidad particular, real o imaginaria, de la persona que se ha convertido en protagonista, protagonista de la historia: 

Beatrice Cenci

Leyenda y Romanticismo.

Aunque indudablemente hubo un conocimiento continuo del caso desde finales del siglo XVI en adelante, la leyenda de Beatrice Cenci es esencialmente una construcción romántica cuyo origen se puede encontrar en un relato extenso y muy colorido del historiador Ludovico Antonio Muratori, en su 12 -Crónica de volumen, Annali d'Italia, publicado en la década de 1740. 
Este popular libro llevó el caso a una nueva generación de lectores italianos, y cuando Shelley llegó a Roma en 1819 descubrió que "la historia de los Cenci era un tema que no debía mencionarse en la sociedad italiana sin despertar un interés profundo y sin aliento". Para la propia Beatrice, agregó, "la compañía nunca dejó de inclinarse hacia una compasión romántica" y una "exculpación apasionada" por el crimen que había cometido.

Es casi seguro que Shelley conocía la versión de Muratori y también pudo haber conocido una dramatización temprana del oscuro y prolífico dramaturgo florentino Vincenzo Pieracci (1760-1824), pero la única fuente que menciona en la Introducción a su obra es un misterioso 'antiguo manuscrito', que lo describe como 'copiado de los archivos del Palacio Cenci en Roma' 'comunicado' a él por un amigo. Mary Shelley también menciona este manuscrito en sus notas posteriores sobre la obra, aunque no está claro exactamente qué era y cuántos errores históricos o reelaboraciones de Shelley se tomaron de él. Su versión del asesinato en sí, por ejemplo, está extrañamente desinfectada: el conde es estrangulado por Olimpio, "para que no haya sangre".

La heroína poética de Shelley, que agoniza entre las alternativas imposibles del incesto y el parricidio en tonos que a veces recuerdan a Isabella en Medida por medida , es el ejemplo de la Beatriz romántica y marca el comienzo de un desfile de heroínas condenadas en obras en prosa de Stendhal ( Les Cenci , 1839), Niccolini ( Beatrice Cenci , 1844), Guerrazzi ( Beatrice Cenci , 1853) - esta última una obra de traición casi insoportable 

- junto con ensayos o tratamientos más breves de los mayores Dumas y Swinburne. En el siglo XX la leyenda ha persistido: una película ( Beatrice Cenci, 1909) dirigida por el director expresionista italiano Mario Caserini; una versión del 'Teatro de la crueldad', Les Cenci , de Antonin Artaud, estrenada en París en 1934, con Artaud en el papel del malvado conde; y la prolija obra anouilhesca de Alberto Moravia, Beatrice Cenci (1958).

Luego está la tradición oral. 

Una versión sinóptica típica de la historia dice
“su padre la deshonró y, en venganza, lo mató clavándole un alfiler de plata en la oreja” (Carlo Merkel, Due Leggende intorno a Beatrice Cenci , 1893). 

Otro, grabado en La Petrella en los años veinte de Corrado Ricci, describe su tortura: "la colgaron por su cabello amarillo, que le llegaba hasta las rodillas". Esto se abre paso en la obra de Artaud: 
«Desde el techo del escenario, una rueda gira sobre su eje invisible. Beatrice, sujeta al volante por el pelo, es presionada por un guardia que le agarra las muñecas por detrás de la espalda.


Estos aspectos literarios o anecdóticos de la leyenda están estrechamente relacionados con un aspecto visual: el supuesto retrato de Beatrice de Guido Reni, que muestra a una hermosa joven de cabello castaño y ojos amplios y brillantes. 

Según la tradición, alimentada escrupulosamente por todos los escritores del siglo XIX sobre el tema, el retrato fue tomado de la vida durante el encarcelamiento de Beatrice, a fines de 1598 o 1599. Una tradición alternativa, teniendo en cuenta la improbabilidad de que el desconocido Guido pudiera visitarla en la prisión de Corte Sevella, dice que se basó en un vistazo que el artista tuvo de ella en la calle mientras se dirigía a su muerte. Shelley lo vio en 1818, en el Palazzo Colunna de Roma,

Hay una compostura fija y pálida en los rasgos; parece triste y abatida en el espíritu, pero la desesperación así expresada se aligera con la paciencia de la dulzura ... Los labios tienen ese significado permanente de imaginación y sensibilidad que su sufrimiento no ha reprimido ... Sus ojos, que se nos dice que eran notables por su vivacidad, están hinchados de llanto y sin lujuria, pero bellamente tiernos y serenos. En todo el semblante hay una sencillez y dignidad que, unidas a su exquisita hermosura y profundo dolor, son inexpresablemente patéticas.

El retrato fue, en opinión de Mary Shelley, la chispa que encendió el interés del poeta: la belleza de Beatrice arrojó el reflejo de su propia gracia sobre su espantosa historia; La imaginación de Shelley se excitó extrañamente ”.

Unos años más tarde, el novelista y flâneur francés expatriado Henri Beyle, más conocido como Stendhal, se sintió igualmente conmovido al ver en el retrato a 'una pobre niña de 16 años que acaba de rendirse a la desesperación. El rostro es dulce y hermoso, la expresión muy suave, los ojos extremadamente grandes; tienen el aire de asombro de quien acaba de sorprenderse en el momento mismo de derramar lágrimas hirvientes ”

Dickens la encontró "una imagen casi imposible de olvidar", llena de "dulzura trascendente" "hermosa tristeza". En su rostro 'hay algo brillando, que me persigue. Lo veo ahora, como veo este papel o mi bolígrafo '( Imágenes de Italia, 1846). Nathaniel Hawthorne, mientras tanto, consideró que el cuadro era "el más triste jamás pintado o concebido: implica una profundidad insondable de dolor". Es 'infinitamente desgarrador encontrar su mirada ... Ella es un ángel caído, caído y sin embargo sin pecado' ( Transformations , 1858).

A pesar de estos respaldos plagantes y de peso, es casi seguro que el rostro del retrato no tiene nada que ver con Beatrice Cenci. No se sabe que Guido Reni, boloñés de nacimiento, hubiera pintado en Roma antes de 1608, nueve años después de su muerte. En sus imágenes visuales, en particular las cortinas en forma de turbante, es más probable que el retrato sea una representación de una de las sibilas. (Hay una Sibila Cumaean con turbante de Guido Reni en los Uffizi.) La extrema juventud de la niña sugiere que es la Samian Sybil, a la que a veces se hace referencia en las fuentes clásicas como puella .

La conexión más temprana del retrato con Beatrice parece estar en un catálogo de pinturas propiedad de la familia Colonna, compilado en 1783 - 'Ítem 847. Imagen de una cabeza. Retrato que se cree que es de la niña Cenci. Artista desconocido.

 En términos documentales, esta identificación, en sí misma tentativa, pertenece a finales del siglo XVIII, a la época del resurgimiento del interés por La Cenci que surge del relato de los Annales de Muratori . No es demasiado cínico sugerir que su nombre se agregó a la imagen para darle un glamour falso. Este parece haber sido el resultado, ya que cuando Shelley mostró una copia a su criado romano, "instantáneamente lo reconoció como el retrato de La Cenci".

La pintura ahora cuelga en los lóbregos pasillos del Palazzo Barberini; fue comprado en 1934 por la Galleria Nazionale d'Arte Antica. La etiqueta de abajo tiene un signo de interrogación después del artista y el sujeto, y agrega una nota de disculpa de que la pintura es de 'mala calidad' y solo es famosa por su supuesta conexión con Beatrice. Un par de habitaciones más allá cuelga la obra maestra de la galería: la impresionante Judith de Caravaggio cortando la cabeza de Holofernes. En la expresión de Judith, resuelta pero disgustada por el puro desorden de la operación; en las fuentes de sangre que brotaban de las sábanas; En el erotismo apenas velado --su pezón endurecido está pintado con gran especificidad debajo de la túnica blanca-- se podría ver una lectura completamente diferente de Beatrice Cenci: no dulce y triste como la joven Sybil, sino endurecida hacia lo necesario, o quizás meramente conveniente, acto de carnicería. No existe una conexión demostrable entre Judith y Beatrice de Caravaggio, pero de ninguna manera es imposible. Caravaggio estaba trabajando en Roma en el momento del juicio y la ejecución y la pintura es ampliamente datable de este período. Quizás contenga una vena de comentario sobre el caso Cenci;

 

 Investigación histórica.



 A finales del siglo XIX, el caso se convirtió en objeto de una investigación histórica más seria. En algunos casos, los hallazgos contradecían los pseudohechos recibidos de la leyenda, aunque hicieron poco por disminuir su popularidad. Incluso los eruditos sobrios encontraron difícil resistirse al encanto peculiar de La Cenci. Cuando un anticuario victoriano, Edward Cheney, descubrió una carta autógrafa de Beatrice en un archivo romano, publicó debidamente el texto en un periódico erudito ( Philobiblon, Vol 6, 1861). A mitad de su transcripción, sin embargo, señala una omisión, con una nota que dice:

 "Aquí el manuscrito es ilegible porque las lágrimas lo han borrado"

He visto una fotografía del documento original. Hay cierto deterioro del papel, pero no hay indicios de que esto haya sido causado por las lágrimas de La Cenci. El bibliófilo ha sufrido ese característico torrente de sangre a la cabeza que Beatrice excita en todos los historiadores, particularmente en los varones.

Los descubrimientos documentales más desafiantes fueron realizados por un tenaz hurón de archivo, el Dr. Antonio Bertoletti. En 1879 publicó sus hallazgos en un volumen delgado y refrescantemente seco, Francesco Cenci e la sua Famiglia. Su primer descubrimiento fue un volumen manuscrito en la biblioteca Vittorio Emmanuele de Roma, titulado 'Memorie dei Cenci'. En él encontró, en la mano sorprendentemente bien formada del Conde Cenci, un registro preciso de los nacimientos y muertes de sus numerosos hijos. Entre ellos, Bertoletti se sorprendió con la siguiente entrada:
 'Beatrice Cenci mia figlia. Naque alla 6 di febraio 1577 di giorno di mercoledi alla ore 23, et e nata nella nostra casa. ».
Entonces nos enteramos de que la hermosa adolescente de leyenda, invariablemente descrita como de 16 o 17 años, tenía en realidad 22 años y siete meses cuando murió. Su lugar de nacimiento - 'nuestra casa' - fue el laberíntico Palazzo Cenci, en las afueras del gueto judío de Roma. Todavía está en pie aunque dividida en apartamentos y oficinas: uno puede imaginarla pasando bajo sus arcos oscuros, deteniéndose junto a la pequeña fuente en el patio, subiendo las escaleras de mármol. Desde los pisos superiores podía ver la amplia extensión del Tíber, y en la otra orilla la forma de tambor del Castillo de Sant'Angelo, donde encontraría su muerte. La topografía sugiere el ámbito estrechamente circunscrito de su vida.

Bertoletti también hizo un descubrimiento notable en su examen del testamento  de Beatrice, o más bien, de manera crucial, las voluntades. (El hecho de que se le permitiera escribir un testamento pone un signo de interrogación sobre la opinión recibida de que el Papa Clemente VIII acosó a los Cenci hasta la muerte para llenar sus arcas con ingresos confiscados.) 

En su primer y más completo testamento, notariado el El 27 de agosto de 1599, Beatrice dejó una gran cantidad de dinero, unos 20.000 escudos en total, para causas caritativas y religiosas. Hizo una provisión especial, en forma de fideicomisos, para las dotes "de las niñas pobres en matrimonio". 

También hizo varios legados más pequeños, típicamente 100 escudos, a parientes individuales y criados. Lo que llamó la atención de Bertoletti, sin embargo, Artículo. Lego a Madonna Catarina de Santis, viuda, 300 escudos en dinero, que se pondrán a interés, y los intereses se darán en limosna según las instrucciones que le he dado. Si muere dicha Madonna Catarina, este legado debe ser transferido a otros, con la condición de que lo utilicen para el mismo propósito, según mi intención, siempre y cuando la persona a quien se le va a dar la limosna permanezca viva.

La amiga de Beatrice, Catarina de Santis, es oscuramente rastreable: una viuda respetable con tres hijas solteras (también recordadas en el testamento de Beatrice). Pero, ¿quién es la persona anónima que será la beneficiaria del legado, según las 'instrucciones' dadas a Catarina verbalmente pero no reveladas en el testamento?

 La respuesta probable fue descubierta por Bertoletti en un codicilo hasta ahora desconocido del testamento, agregado por Beatrice el 7 de septiembre de 1599, presenciado por su hermano Giacomo y presentado ante otro notario. En este codicilo, escrito dos días antes de su ejecución, aumenta la suma asignada a Catarina a 1000 escudos y especifica que el propósito del legado es 'el sustento de cierto niño pobre [povero fanciullo], de acuerdo con las instrucciones que le he dado verbalmente '. 

También agrega que si el niño llega a la edad de 20 años, se le debe otorgar la 'posesión libre' de la capital. No se puede probar, pero parece muy probable que este 'pobre muchacho' para quien ella hizo tan generosa y secreta provisión fuera su hijo. Si es así, no hay mucha duda de que el padre del niño fue Olimpio Calvetti, cuya intimidad con Beatrice es notada por muchos testigos. 
El silenciamiento de un embarazo puede haber sido una de las razones del "encarcelamiento" de Beatrice en La Rocca. pero parece muy probable que este "pobre muchacho" por el que ella hizo tan generosa y secreta provisión fuera su hijo. Si es así, no hay mucha duda de que el padre del niño fue Olimpio Calvetti, cuya intimidad con Beatrice es notada por muchos testigos. 
El silenciamiento de un embarazo puede haber sido una de las razones del "encarcelamiento" de Beatrice en La Rocca. pero parece muy probable que este "pobre muchacho" por el que ella hizo tan generosa y secreta provisión fuera su hijo. Si es así, no hay mucha duda de que el padre del niño fue Olimpio Calvetti, cuya intimidad con Beatrice es notada por muchos testigos. 
El silenciamiento de un embarazo puede haber sido una de las razones del "encarcelamiento" de Beatrice en La Rocca.

De estos documentos surge una Beatriz diferente. La angelical Beatriz de leyenda, la dulce y lúgubre niña del retrato de Guido Reni, la inmaculada damisela (o Lolita sublimada) de los romances del siglo XIX, demuestra haber sido una joven dura de unos veinte años, probablemente madre de un ilegítimo. niño, probablemente el amante del asesino de su padre. 
Esto, por supuesto, no disminuye la atrocidad de su situación ni la tiranía de su padre. Tampoco disminuye los males del abuso sexual que sufrió, incluso si su cacareada castidad ya no es parte de esa ecuación. Pero, ¿cuánto de esto es un hecho? ¿Su padre realmente la violó o intentó hacerlo?

A lo largo de su interrogatorio, Beatrice sostuvo que era completamente inocente del asesinato. Su defensa fue simplemente que no tenía ningún motivo para matar a su padre. Sólo más tarde, durante el largo y crucial resumen de su abogado, Prospero Farinacci, surgió la cuestión del incesto, como una imperiosa mitigación de su crimen. Corrado Ricci señala con severidad:
 "en todos los registros de juicios desde noviembre de 1598 hasta agosto del año siguiente, en más de cincuenta exámenes, no hay el menor indicio de tal hecho".
 Hay muchas pruebas del temperamento violento de su padre, es cierto que en una ocasión la atacó con un látigo, pero no se menciona el incesto.

Luego, en su último examen, el 19 de agosto de 1599, Beatrice relata que su madrastra Lucrezia la instó con estas palabras a matar a su padre:
 'él abusará de ti y te robará tu honor'. 
Esto parece sugerir que se amenazó con violencia sexual, aunque la redacción no prueba que aún se haya producido violencia sexual. Diez días después, compareció ante el fiscal una ex sirvienta de La Petrella, Calidonia Lorenzini. (Lo hizo voluntariamente, a petición de algunos amigos de Beatrice).
 En su declaración declaró que unos días antes de la Navidad de 1597, estaba en la cama a `` la tercera hora de la noche '', cuando entró Lucrezia, habiendo sido enviado fuera del dormitorio por el Conde. Unos minutos después, relata, Escuché una voz, que me pareció la de Beatrice, que decía:
 "¡No quiero que me quemen!" 
No escuché nada más después. A la mañana siguiente le pregunté a la signora Beatrice qué le había dolido cuando pronunció esas palabras ... Me dijo que su padre se había metido en su cama y le había dicho que no quería que él durmiera allí. En términos de declaraciones de testigos, esto es lo más cercano a la evidencia de primera mano del incesto denunciado. El fiscal no quedó impresionado: se mostró particularmente escéptico de que la charlatanería de Calidonia pudiera haber ocultado todo este secreto a su compañera de servicio, Girolama, que no sabía nada de eso.

 A la mañana siguiente le pregunté a la signora Beatrice qué le había dolido cuando pronunció esas palabras ... Me dijo que su padre se había metido en su cama y le había dicho que no quería que él durmiera allí. En términos de declaraciones de testigos, esto es lo más cercano a la evidencia de primera mano del incesto denunciado. 

El fiscal no quedó impresionado: se mostró particularmente escéptico de que la charlatanería de Calidonia pudiera haber ocultado todo este secreto a su compañera sirvienta, Girolama, que no sabía nada de eso. 
A la mañana siguiente le pregunté a la signora Beatrice qué le había dolido cuando pronunció esas palabras ... Me dijo que su padre se había metido en su cama y le había dicho que no quería que él durmiera allí. 
En términos de declaraciones de testigos, esto es lo más cercano a la evidencia de primera mano del incesto denunciado. 
El fiscal no quedó impresionado: se mostró particularmente escéptico de que la charlatanería de Calidonia pudiera haber ocultado todo este secreto a su compañera sirvienta, Girolama, que no sabía nada de eso. 
“En términos de declaraciones de testigos, esto es lo más cercano a la evidencia de primera mano del incesto sobornado.
 El fiscal no quedó impresionado: se mostró particularmente escéptico de que la charlatanería de Calidonia pudiera haber ocultado todo este secreto a su compañera de servicio, Girolama, que no sabía nada de eso. 
“En términos de declaraciones de testigos, esto es lo más cercano a la evidencia de primera mano del incesto sobornado.

 El fiscal no quedó impresionado: se mostró particularmente escéptico de que la charlatanería de Calidonia pudiera haber ocultado todo este secreto a su compañera sirvienta, Girolama, que no sabía nada de eso.

La propia Girolama ofrece una visión vívida de la brutalidad de la vida doméstica en la casa Cenci. Era costumbre del conde, dijo, que le "rasparan y rasparan" la piel con un paño húmedo; padecía una especie de sarna. Este deber recaía a menudo en Beatrice. Le dijo a Girolama 'que a veces le rascaba los testículos a su padre; y me dijo también que solía soñar que yo también los estaba rascando, y yo le dije:
 “¡Eso no lo haré nunca!” '.
 Girolama también relató que' el signor Francesco solía andar por la casa solo con una camisa y jubón y un par de calzones, y cuando orinaba era necesario guardarle el urinario debajo de la camisa, ya veces [Beatrice] se veía obligada a sostenerlo; y a veces también era necesario sujetar el taburete más cerca. Estas observaciones nos dicen algo sobre la vida dentro de La Rocca, pero no constituyen una prueba de que Cenci haya violado a su hija.

Puede ser que la certeza de la violación de Beatrice a manos de su padre sea la parte más difícil de rendirnos de la leyenda, pero la verdad del caso Cenci, como ocurre con muchos casos de abuso sexual en la familia hoy, nunca será posible. conocido.

 Hay demasiadas fuentes poco confiables: testigos sobornados y asustados (los testigos fueron torturados de manera rutinaria, izados con cuerdas o estirados en una especie de perchero conocido como la veglia).- hacer que estén de acuerdo con los demás); documentos que, después de todo, pueden no significar lo que creemos que significan; una profusión de folclore, fantasía y realización de deseos poéticos que se ha adentrado demasiado en la historia como para separarla. 
Francesco Cenci era un hombre arrogante, codicioso, lujurioso y violento. Hay muchas razones por las que podría haber tenido la cabeza hundida en una noche oscura en las tierras baldías de los Abruzzi. La lujuria por su hija, creíble pero no probada, puede haber sido uno de ellos. Al menos cinco personas participaron en el asesinato. Cada uno tenía motivos de algún tipo, pero solo uno (el sicario Marcio, que estaba en esto por el dinero) tenía un motivo que se puede definir con certeza.

La etérea leyenda de Beatrice no contiene en sí misma las complejidades y el desorden de la verdad: es un dispositivo de memoria que sirve para recordarnos las intensas represiones y vulnerabilidades sufridas por una joven bien nacida en la Italia del Renacimiento tardío. En este sentido, como representante, como mujer individual que habla por innumerables personas, Beatrice es una heroína. Pero a las otras preguntas que queremos hacer 
- ¿Cómo era ella realmente? ¿Qué pasó realmente y por qué? 
- ella no da respuesta. Hubo 'gritos en el castillo'; hubo 'palabras gritadas'. Fueron audibles por un momento por encima del ruido blanco de la historia, pero ya no son descifrables.
 
La agonía de Beatrice Cenci

El último acto trágico de un asunto delictivo destinado a convertirse en símbolo de la cruel justicia administrada en la Roma del siglo XVI tuvo lugar el 11 de septiembre de 1599. En el cadalso que se había levantado en el Ponte Sant'Angelo, Beatrice Cenci, de 23 , y su madrastra Lucrezia Petroni fueron decapitadas por asesinar a Francesco Cenci, padre y esposo respectivamente de los acusados. Giacomo, hermano y cómplice de Beatrice, fue torturado con tenazas al rojo vivo, golpeado en la cabeza con una maza y finalmente descuartizado, mientras que su otro hermano, Bernardo, de tan solo doce años, fue obligado a presenciar la brutal ejecución de su familia y posteriormente condenado. a cadena perpetua.

Los hechos que llevaron a la justicia papal a ordenar estas atroces ejecuciones comenzaron un año antes, el 10 de septiembre de 1598, cuando se encontró el cuerpo de Francesco Cenci con el cráneo aplastado, al pie de la Rocca di Petrella Salto. Las dos mujeres llevaban unos meses viviendo en el castillo por voluntad del jefe de familia, un hombre malvado, sin escrúpulos, rico y corrupto, acusado de cometer actos oscuros por los que había sido juzgado en varias ocasiones. Sin embargo, los miembros de la propia familia de Cenci, y especialmente Beatrice, fueron las víctimas designadas de su violencia.

Beatrice, Lucrezia y sus hermanos conspiraron para matarlo, con la ayuda del señor del castillo Olimpio Calvetti. Primero intentaron hacerlo con veneno pero Cenci sobrevivió, por lo que decidieron romperle el cráneo y arrojar el cuerpo desde un balcón, para que pareciera un accidente. Sin embargo, la teoría de que cayó accidentalmente no convenció a nadie y el Papa ordenó una investigación que preveía un examen médico de la cabeza de la víctima. Los resultados de la investigación revelaron que los imputados eran culpables y, después de haber hecho que los Cencis se sometieran a torturas, que soltarán la lengua a cualquiera, el tribunal los condenó a muerte.

A las 20.30 horas del 10 de septiembre de 1599, los hermanos de las Cofradías de la Misericordia y de San Giovanni Decollato de la Nación Florentina fueron llamados con urgencia “porque a la mañana siguiente algunos prisioneros debían ser ejecutados en las cárceles de Tordinona, donde se encontraban Giacomo y Bernardo celebrada, y Corte Savella ”.

A la mañana siguiente, Giacomo y Bernardo tuvieron que subirse a la carreta que los llevaría de Tordinona a la Piazza di Castel Sant'Angelo, donde iban a tener lugar las ejecuciones. La procesión se detuvo brevemente frente a Corte Savella para recoger a Lucrezia y Beatrice, que caminaron frente al carro hacia la horca. La procesión pasó por Via di Monserrato, Via de 'Banchi y Via San Celso, que eran entonces las calles más concurridas de Roma. Cuando los condenados llegaron a la plaza asistieron a una misa y se despidieron por última vez. El primero en subir al patíbulo fue Bernardo, para poder ver a su familia sufrir sus terribles muertes. Entonces Lucrezia se vio obligada a subir;

Beatrice fue la siguiente, murmuró la multitud, se escucharon sollozos, la joven apoyó la cabeza en el bloque y la afilada hoja del hacha del verdugo también le cayó al cuello. Bernardo no pudo soportar un espectáculo tan cruel y se desmayó. Entonces apareció Giacomo, su cuerpo desnudo y atormentado por la tortura; volvió a proclamar la inocencia de Bernardo, luego apoyó la cabeza en el bloque y se encontró con la muerte con un poderoso golpe de maza que le aplastó la cabeza. El cuerpo ya sin vida de Giacomo rodó y el verdugo lo despellejó, descuartizó y desmembró y colgó los pedazos de ganchos de carnicero.

Los cadáveres, o lo que quedó de ellos, permanecieron a la vista hasta las 11 de la noche, los hermanos de la Cofradía de San Giovanni Decollato recompusieron los lastimosos restos de Giacomo y los llevaron a su iglesia para entregárselos a los familiares que, respetando sus últimos deseos. , lo enterró en la pequeña Iglesia de San Tommaso dei Cenci. El cuerpo de Lucrezia fue entregado a la familia Velli. Según testigos, su cadáver decapitado fue honrado por las personas que lo llevaron en procesión a lo largo de Via Giulia, a través de Ponte Sisto y por la arbolada Via del Gianicolo hasta la iglesia de San Pietro in Montorio, donde los hermanos de la Cofradía de el Sacre Stimmate y el confesor de Beatrice lo colocaron en un nicho en el ábside.

Según algunos, los dos verdugos que ejecutaron las condenas a muerte de Beatrice y Giacomo Cenci y Lucrezia Petroni, Mastro Alessandro Bracca y Mastro Peppe, tuvieron un final trágico: el primero murió trece días después de la atroz muerte de Cencis, plagado de pesadillas y remordimientos por haberles infligido tan horrible agonía y, en particular, por torturar a Giacomo Cenci con tenazas al rojo vivo; el segundo verdugo fue asesinado a puñaladas en Porta Castello, un mes después de la ejecución de Beatrice.

El caso Cenci en la literatura y la ópera

Se nos enseña que la historia de Roma, como la historia social de la humanidad, comenzó con un fratricidio. El pueblo de Roma comparte con todos nosotros el sentimiento innato de que la destrucción de la propia carne y sangre es el peor de los crímenes. Es en parte el terror y la fascinación inspirados por el asesinato familiar lo que ha ganado una curiosa inmortalidad para el juicio de Beatrice Cenci y sus hermanos en Roma en 1599 por el asesinato de su padre, Francesco. 
El juicio fue un evento convulso y dejó tras de sí sustanciales comentarios contemporáneos además de los registros oficiales del juicio. El interés del público era comprensible. El caso no fue solo un partricidio, sino también un drama arquetípico que involucró una lucha generacional, un entorno social de riqueza y nobleza, los reclamos contrapuestos de la autoridad religiosa y la voluntad individual, y un aura de violencia y de corrupción sexual y moral. A partir del gran drama poético de Shelley de 1819, se han realizado un gran número de escenarios literarios y operísticos de la tragedia de Cenci. 

Una versión reciente es la ópera de Alberto Ginastera, Beatrix Cenci, que tuvo sus estrenos estadounidenses en el Kennedy Center for the Performing Arts en septiembre de 1971 y en la New York City Opera en marzo de 1973. 
Se ha realizado un gran número de escenarios literarios y operísticos de la tragedia de Cenci. 

 


La historia de los Cencis gira en torno al trágico enfrentamiento del noble disoluto, el conde Francesco Cenci, y sus hijos. Francesco fue legado de un antiguo linaje romano y una gran fortuna por su padre, Cristoforo. La herencia de Francesco del apellido fue uno de esos asuntos de último minuto, ya que Cristoforo se casó con la madre de Francesco solo en su lecho de muerte y había legitimado a su hijo de doce años poco antes. La sucesión de Francesco a la fortuna de su padre fue aún más tenue, ya que Cristóforo, como funcionario del tesoro papal, se había enriquecido a través de la malversación de fondos de la Iglesia y pasó a su hijo, junto con su riqueza,

La juventud de Francesco fue tormentosa y estuvo marcada no solo por la aventura amorosa con las mujeres de Roma, sino también por signos de perversión y una cepa de violencia que encontró frecuentemente una liberación en las peleas callejeras y los ataques a sirvientes e inquilinos. A menudo fue encarcelado, pero las multas y los daños monetarios le valieron la libertad. La mayoría de sus hijos crecieron a su propia imagen de violencia, pero a él no le gustaban más por el parecido. Irónicamente, con un apellido que significa "harapos", Cenci mantuvo a sus hijos en un estado de indigencia hasta que tres de ellos obtuvieron un decreto papal que le ordenaba que les proporcionara manutención. Francesco también se vio atrapado en un laberinto de juicios con sus acreedores, quien desafió las restricciones que había impuesto a las propiedades familiares, y a la Iglesia, a la que reparó dos veces por el robo de su padre. Siempre estuvo en litigio con miembros de su propia familia, y su controversia más sensacional fue su afirmación infructuosa (pero profética) de que su hijo Giacomo estaba intentando envenenarlo.

Dos de sus hijos murieron violentamente, Rocco fue asesinado a raíz de una pelea callejera y Cristoforo fue asesinado en Trastevere en un triángulo amoroso que habría encantado el corazón de Mascagni. La tradición hace que Francesco se regocije por la muerte de sus hijos, pero sus alegrías estaban contadas. Los acreedores se estaban acercando al recuento tacaño y se requería una dote para el matrimonio de su hija Antonina. Lo peor de todo es que fue condenado en 1594 por sodomía y se salvó de la hoguera solo mediante el pago de un tercio de su patrimonio al gobierno romano.

En 1597, Francesco, con su hija Beatrice y su segunda esposa, Lucrezia, se trasladaron de Roma al Castillo de Petrella, encaramado en lo alto de un peñasco en los Abbruzzi. El castillo estaba situado en el Reino de Nápoles, más allá de las fronteras de los Estados Pontificios; El rumor estaba dividido en cuanto a si su propósito al mudarse era idear nuevos crímenes más allá del alcance de las vigilantes autoridades romanas o, más prosaicamente, escapar de sus acreedores. En cualquier caso, parecía decidido a mantener a Beatrice bajo su control en el castillo por tiempo indefinido para evitar su matrimonio y la carga de otra dote. Lo que comenzó como residencia pasó a prisión, con Beatrice y su madrastra encerradas en una habitación cuyas ventanas fueron tapiadas y reemplazadas por salidas de aire. Golpeó a Lucrezia con una espuela de montar cuando ella lo reprendió por un intento de agresión sexual a su hijo pequeño, y golpeó a Beatrice con un látigo después de que descubrió una carta que le había escrito a su hermano Giacomo pidiendo su ayuda para obtener su liberación.

A partir de la violencia y la degradación a las que sometió a su hija y esposa en el castillo y de los agravios, en gran parte económicos, de su hijo Giacomo, fue tomando forma gradualmente una conspiración de asesinato. El abogado de Beatrice, el eminente Próspero Farinaccio, más tarde argumentaría sin éxito, sobre la base del testimonio inconcluso y contradictorio de dos sirvientas, que el principal motivo del asesinato fue un ataque incestuoso de Francesco contra Beatrice. La tradición y la literatura del caso se apoderaron del reclamo del incesto como parte central de la tragedia. Pero nadie puede leer sobre el miserable trato de las dos mujeres en La Petrella sin encontrar que la crueldad de Francesco es antinatural incluso en ausencia de incesto.

La conspiración de asesinato puede describirse como una tragedia de errores. Beatrice parece haber sido la principal fuerza detrás del crimen, pero el asesino fue Olimpio Calvetti, castellano de La Petrella, con quien Beatrice había tenido una aventura amorosa. Giacomo dio su consentimiento al asesinato desde Roma, pero prestó poca ayuda, excepto un suministro de veneno que no pudo ser administrado a Francesco debido a su naturaleza sospechosa. Lucrezia vaciló, pero cuando llegó la hora del asesinato, fue ella quien abrió la puerta del dormitorio de su marido. Con la ayuda de Marzio Catalano, un calderero y en algún momento profesor de guitarra, Olimpio mató a Francesco con un martillo. La cuenta' El cuerpo fue arrojado desde el castillo después de que los asesinos agrandaran torpemente un agujero en un balcón para que pareciera que el piso había cedido. Las sospechas de asesinato se despertaron de inmediato, y se vieron aumentadas por el entierro apresurado del conde y los ineptos intentos de los conspiradores de encubrir las pruebas del asesinato. Por orden de la familia Cenci y su aliado, Monseñor Mario Guerra (a quien la tradición luego identificó incorrectamente como un pretendiente de Beatriz), Olimpio fue asesinado para eliminar su testimonio. 
Sin embargo, el cómplice de Olimpio, Marzio, que había estado deambulando por los pueblos vecinos dando lecciones de guitarra con la capa del Conde Cenci a la espalda como pago y prueba de su crimen, fue capturado y confesó su participación en el asesinato. Después de negaciones arrogantes iniciales que llevaron a un interrogatorio continuo y a la tortura, Giacomo, Lucrezia y Beatrice finalmente confesaron. Giacomo y Lucrezia culparon a Beatrice como principal, y Beatrice acusó a su amante muerto, Olimpio.

Beatrice, Lucrezia, Giacomo y un hermano adolescente, Bernardo (quien a lo sumo pudo haber coincidido pasivamente en el consentimiento de Giacomo al asesinato), fueron condenados a muerte. Sobrevive el escrito de su principal abogado defensor, Farinaccio. Argumentó que la participación de Beatrice en el asesinato estaba justificada por el asalto incestuoso de su padre y por su miedo a que se repitiera. (En nota que adjuntó a una edición final de su escrito elaborado años después, Farinaccio admitió que no se había probado la denuncia del acto de incesto). El abogado sostuvo que Lucrezia se había retirado de la conspiración, y Giacomo, instó a , no debería ser castigado más severamente que su hermana por salir en su defensa. Por fin, argumentó que Bernardo tenía derecho a la clemencia debido a su minoría y su torpeza. Bernardo tenía sólo diecisiete años en el momento del asesinato, pero su incapacidad mental no quedó demostrada por ninguna mejor evidencia de que tenía dificultades con sus lecciones de latín.

Todos los acusados ​​fueron condenados a muerte. Se conjetura que el Papa Clemente VIII podría haberse inclinado a la misericordia si no hubiera ocurrido en Roma otro asesinato de un padre noble, Costanza Santacroce, sin circunstancias atenuantes, mientras él estaba considerando el caso Cenci. En cualquier caso, el Papa concedió un indulto sólo al joven Bernardo, quien, sin embargo, fue condenado a presenciar las ejecuciones y luego a servir en las galeras de la prisión.

Las ejecuciones fueron crueles. Giacomo fue asesinado a palos y las dos mujeres fueron decapitadas. Beatrice tenía solo veintidós años cuando murió, pero parecía más joven y es recordada como una belleza. Incluso en la ejecución, su inusual dominio sobre la simpatía y la imaginación del público fue evidente. Las jóvenes le colocaron guirnaldas en la cabeza mientras yacía al pie del cadalso, y grandes multitudes de luto siguieron mientras su cuerpo era llevado a su lugar de descanso en la iglesia de San Pietro in Montorio. La leyenda de Beatrice ya había comenzado.

En el siglo XVII se publicaron relatos fantasiosos del caso que supuestamente fueron escritos inmediatamente después de las ejecuciones, pero que pudieron haber sido escritos décadas más tarde. Una de esas versiones inspiró a Shelley a escribir su drama, The Cenci, en 1819. Durante sus viajes por Italia, el poeta recibió un manuscrito que supuestamente había sido copiado del archivo del Palacio Cenci.

 


En un prefacio de su obra, recordó que cuando llegó a Roma, "encontró que la historia de los Cenci era un tema que no debe mencionarse en la sociedad italiana sin despertar un interés profundo y sin aliento". Shelley se sintió fuertemente atraída por la figura de Beatrice, "un ser muy gentil y amable,

Shelley pretendía que su obra fuera representada en público e incluso soñaba con Edmund Kean en el papel del conde Francesco. Pero reconoció que "la historia de los Cenci es en verdad eminentemente aterradora y monstruosa: cualquier cosa que se parezca a una exposición seca de ella en el escenario sería insoportable". Por lo tanto, era necesario "aumentar el ideal y disminuir el horror real de los acontecimientos". Como concesión al gusto del público, Shelley silenció el tema del incesto; Mary Shelley pensó que la alusión más fuerte era una maldición de Cenci de que si Beatrice tenía un hijo, podría ser

Una semejanza espantosa de sí misma, que
desde un espejo deformante, puede ver
Su imagen mezclada con lo que más aborrece,
Sonriéndole desde su pecho de lactancia.
                      (acto 4, escena 1, líneas 146-49)

Según Shelley, el propósito moral más elevado del drama era "la enseñanza del corazón humano, a través de sus simpatías y antipatías, el conocimiento de sí mismo". El drama no era, en su opinión, el lugar para la imposición de dogmas. Por lo tanto, aunque Beatrice podría haber hecho mejor en la vida para sacar al conde Francesco de sus malos caminos mediante la paz y el amor, el público de un teatro bostezaría ante su conversión; los verdaderos temas del caso - venganza, represalia y expiación - fueron también el tejido de un drama efectivo.

Manteniendo estas opiniones sobre la función del drama, Shelley se propuso centrar su obra en el choque de seres humanos apasionados. Aunque su tratamiento del caso es, en consecuencia, menos ideológico que algunos de los escenarios modernos, las imágenes utilizadas repetidamente por el poeta destacan temas de la insuficiencia de la justicia humana y la lucha de la juventud con la vejez y la autoridad. Estos dos temas se combinan en la cita del cardenal Camillo de la explicación del Papa sobre la falta de voluntad para castigar a Francesco por una celebración impía de la muerte de dos hijos:

En la gran guerra entre viejos y jóvenes
, yo, que tengo los cabellos blancos y un cuerpo tambaleante,
mantendré al menos una neutralidad irreprochable.
(acto 2, escena 2, líneas 38-40)

En la versión de Shelley, Beatrice y sus cómplices son instigados egoístamente por el joven sacerdote Orsino (el nombre del poeta para el histórico Monseñor Guerra) con la esperanza de que el asesinato ponga a Beatrice y la fortuna familiar en su poder. Beatrice, sin embargo, domina la obra. Después del crimen de su padre contra ella (que gana en horror al no ser nombrada expresamente), la heroína de Shelley pasa sucesivamente de un sentido de degradación a un deseo de auto-purificación, venganza, declaración de inocencia moral y resignada preparación para la muerte.

La versión de Shelley se ha copiado a menudo, pero quizás el mayor tributo provino de su compatriota, Walter Savage Landor, a quien le encantó tanto la obra de Shelley que se negó a invitar a la comparación entre The Cenci y su propia obra más modesta sobre el mismo tema. En sus Cinco escenas (1851), Landor no escribió un drama, sino cinco cuadros separados de la historia de Cenci, ninguno de los cuales retrataba ni el acto de incesto ni el asesinato. La Beatriz de Landor es a la vez más femenina y decidida que la heroína de Shelley.

Otro poeta inglés que respondió al atractivo de Beatrice y su destino fue Robert Browning; el caso Cenci tiene vínculos históricos y literarios con The Ring and the Book de Browning. En el caso Guido Franceschini (en el que Browning basó su poema), el abogado defensor, al tratar de justificar que Guido hubiera vengado su honor después del paso del tiempo y no a sangre caliente, se enfrentó al precedente de la condena de Beatrice Cenci. Trató de evitar la fuerza de este caso anterior citando la explicación que el abogado de Beatrice, Farinaccio, había dado por no haber obtenido una absolución: no era que Beatrice hubiera planeado vengarse a sangre fría, sino que no se había establecido el cargo de incesto. Independientemente de este vínculo en la historia legal, Browning reconoció que The Ring and the Book tenía una enorme deuda literaria con The Cenci de Shelley.

 En 1876, como graciosa muestra de gratitud, dirigió a la memoria de Shelley un breve poema narrativo, "Cenciaja", relatando el juicio por asesinato de Paolo Santacroce, el caso que había influido en la negativa del Papa Clemente VIII a conceder el indulto a Beatriz. Según Browning, el hermano Santacroce equivocado fue ejecutado por el crimen. s recuerdo un breve poema narrativo, "Cenciaja", que narra el juicio por asesinato de Paolo Santacroce, el caso que había influido en la negativa del Papa Clemente VIII a conceder el indulto a Beatriz. Según Browning, el hermano Santacroce equivocado fue ejecutado por el crimen. s recuerdo un breve poema narrativo, "Cenciaja", que narra el juicio por asesinato de Paolo Santacroce, el caso que había influido en la negativa del Papa Clemente VIII a conceder el indulto a Beatriz. Según Browning, el hermano Santacroce equivocado fue ejecutado por el crimen.

El caso Cenci también fascinó a los escritores franceses. Stendhal era un ávido coleccionista de manuscritos de antiguos crímenes italianos. En 1837 publicó una versión detallada de una variante del relato del caso Cenci que sirvió de base para la obra de Shelley. Su aportación literaria más importante fue un prefacio en el que presentaba a Francesco como una mutación corrupta de lo que llamó el modelo Don Giovanni. En el concepto de Stendhal, el tipo de Don Giovanni comienza expresando oposición a lo que él considera las convenciones irracionales de una sociedad hipócrita. En su etapa decadente, ilustrada por Francesco, Don Giovanni obtiene su placer de los excesos criminales prohibidos por restricciones sociales razonables.

Dos años después del trabajo de Stendhal, Alexandre Dumas el Viejo contribuyó a una serie de Crímenes Celebrados con un relato del caso Cenci que se basa en una fuente similar a la de Stendhal y, en algunos aspectos, parece plagiar el prefacio de Stendhal. Sin embargo, Dumas no muestra ninguna de las reticencias de Stendhal a la hora de abordar los aspectos más espeluznantes del caso. El relato detallado de Dumas sobre los métodos de tortura utilizados incluso provocó una denuncia de Thackeray, quien era un escritor muy preocupado por el crimen y el castigo.

En Italia, el tema de Cenci fue tomado por hombres de letras del siglo XIX que estaban asociados con la actividad patriótica y el anticlericalismo. El dramaturgo Giovanni Battista Niccolini, un republicano ardiente y opositor a la autoridad de la Iglesia, hizo una adaptación fallida de la obra Shelley en 1838. Mucho más popular fue la novela de 1851, Beatrice Cenci, de Francesco Domenico Guerrazzi, un patriota del Risorgimento y un enemigo del Gobierno Papal de Roma. El relato de Guerrazzi distorsiona los hechos del caso más allá del reconocimiento. En su novela, Beatrice está libre de toda culpa. Su padre es asesinado por su pretendiente Guerra, quien sorprende al conde en el acto de agredirla. Beatrice está idealizada en extremo; es una santa militante que, defendiendo a sus hermanos y su honor, exhorta continuamente a su padre al arrepentimiento. Guerrazzi presenta a Francesco como un creyente consciente en una doctrina del mal, que sostiene que el hombre es libre de cometer cualquier atropello hasta que lo controle la intervención divina.

 


A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la investigación en archivos oficiales ha eliminado muchas de las leyendas de Cenci y nos ha dado un retrato más humanizado de Beatrice. En 1877 Antonio Bertolotti publicó por primera vez el texto de un segundo codicilo del testamento de Beatrice en el que se hacía provisión para un niño, al que Bertolotti suponía un hijo nacido de su relación con el asesino Olimpio. Bertolotti también creía que el presunto incesto, sobre el que Beatrice nunca había testificado, era una invención de Farinaccio, a quien Bertolotti denigró como un hombre cuya propia moral laxa había inspirado la defensa. 
Aunque Corrado Ricci, en su estudio definitivo del caso en 1923, coincide con Bertolotti ' Sus conclusiones con respecto al nacimiento del hijo de Beatrice y la insustancialidad de la afirmación del incesto, rechaza el ridículo intento de Bertolotti de rehabilitar a Francesco como un hombre de convicciones religiosas y nos deja una visión equilibrada de Beatrice como una víctima no libre de culpa sino derecho a clemencia, si no a la absolución.
 Desafortunadamente, también debemos atribuir a Ricci la refutación definitiva de la encantadora tradición de que el retrato de Guido Reni de una dulce niña con turbante que hasta hace poco tiempo colgado en la Galería Barberini es una pintura de Beatrice en la celda de la muerte. (Esta pintura ha sido adorada como un icono de Beatrice por multitudes de turistas literarios, incluidos Shelley y Hawthorne, The Marble Faun .) 
La versión de Ricci de los hechos históricos del caso proporciona la base para muchas de las reconstrucciones literarias modernas que han seguido, incluida la colorida novela de Frederic Prokosch, A Tale for Midnight (1955).
En la era moderna, Antonin Artaud y Alberto Moravia han escrito dramas sobre el caso Cenci que de maneras muy diferentes sacan el conflicto entre Francesco y Beatrice del plano de la moralidad. 

El Cenci de Artaud(1935) fue escrita e interpretada, con el autor en el papel de Francesco, como un acercamiento hacia la realización del concepto de Artaud del Teatro de la Crueldad. En el drama de Artaud, el sonido, la luz y el gesto complementan la palabra para despertar las respuestas de la audiencia. Artaud sigue el plan narrativo de la obra de Shelley, pero ahí termina la similitud de las dos obras. Elementos del mito, la tormenta y el sueño impulsan el drama de Artaud, y los personajes son fuerzas de la naturaleza más que seres racionales. Francesco se presenta como personificación del mito del "padre destructor". Beatrice no es la encarnación de la pureza, sino una fuerza que se ve obligada a reaccionar ante la violencia de su padre. A medida que se acerca su muerte,

En Beatrice Cenci de Moravia (publicada en Italia en 1958), también se sugiere el parentesco último de las personalidades de Francesco y Beatrice. Como en gran parte del trabajo de Moravia, todos los personajes están encerrados en sus propios mundos de aislamiento y egoísmo. Olimpio mata para mantener el poder sobre Beatrice, y Marzio mata por dinero. Los crímenes de Francesco se explican por su débil sentido de su propia realidad, excepto cuando es estimulado por el exceso. Beatrice explica su venganza no por un ataque incestuoso sino por una "pérdida de la inocencia" infantil causada por presenciar un pasaje amoroso de su padre. Sin emabargo,

La tragedia de Cenci, con su mezcla de piedad y terror, parece tan adecuada para el escenario de la ópera como para los tribunales penales. La historia de sus tratamientos operísticos confirma el fuerte atractivo internacional del caso y de su heroína. Apropiadamente, fue un compositor italiano, Giuseppe Rota (1836-1903), quien realizó la primera configuración operística de la que se conserva el registro. La tragedia en tres actos de Rota, Beatrice Cenci, se representó por primera vez en 1863 en Roma. Los escenarios operísticos posteriores del caso Cenci han sido compuestos y representados lejos del hogar del caso histórico. 

En 1927, Beatrice Cenci, una ópera del compositor polaco Ludomir Rozycki tuvo su estreno en Varsovia. Esta ópera resultó ser una de Rozycki ' s obras más populares, y fue revivido en Poznan en 1936. El libreto, escrito por el compositor y su esposa, se basó en un drama de Julius Slowacki, uno de los románticos polacos más importantes. Slowacki comenzó su obra en francés en 1832 mientras estaba en París y la completó en polaco en 1839 después de su regreso a París. Considerada divergente del tratamiento de Shelley y anterior a Stendhal en su concepción original, la obra de Slowacki ha sido descrita como "patética, violenta, llena de un estilo romántico esplendoroso".
 Slowacki comenzó su obra en francés en 1832 mientras estaba en París y la completó en polaco en 1839 después de su regreso a París. Considerada divergente del tratamiento de Shelley y anterior a Stendhal en su concepción original, la obra de Slowacki ha sido descrita como "patética, violenta, llena de un estilo romántico esplendoroso". Slowacki comenzó su obra en francés en 1832 mientras estaba en París y la completó en polaco en 1839 después de su regreso a París. Considerada divergente del tratamiento de Shelley y anterior a Stendhal en su concepción original, la obra de Slowacki ha sido descrita como "patética, violenta, llena de un esplendor romántico de estilo".

Una tercera versión de la ópera, Beatrice Cenci, de Berthold Goldschmidt, un compositor y director de orquesta nacido en Alemania y residente en Inglaterra, recibió un premio del Festival de Gran Bretaña en 1951. En 1953, la BBC emitió extractos de la ópera dirigida por el compositor. con la Orquesta Filarmónica de Londres. El libreto de la ópera, que siguió literalmente el texto de Shelley en la medida de lo posible, fue preparado por el compositor en colaboración con el crítico de teatro Martin Esslin. Ciertos poemas de Shelley, como "Mar insondable", también se incluyeron en el libreto.

 La obra de Ginastera

Beatrix Cenci de Albert Ginastera refleja, al igual que su predecesor, Bomarzo, la predilección del compositor por la historia violenta del Renacimiento italiano. El libreto, que fue escrito en español por William Shand, un inglés residente en Argentina, y el poeta Alberto Girri, está basado en la obra de Shelley. Como en el drama de Shelley, la obra de Ginastera conserva la violación incestuosa como el acto crucial de violencia que engendra la tragedia. Sin embargo, tanto el libreto como el concepto de producción parecen acercar la ópera Ginastera al espíritu de Artaud que a los precursores del siglo XIX. Se utilizan proyecciones de diapositivas y películas, secuencias de sueños y efectos de iluminación dramáticos y, cumpliendo Artaud '

La ópera Ginastera, como las obras de Artaud y Moravia, está informada por la visión de que esta vieja tragedia renacentista puede hablarnos todavía de la violencia de nuestra época, una violencia que puede superar la comodidad de la familia y la promesa de la juventud. Así, el coro de la escena inicial llama al Conde Cenci "un precursor de nuestra época". Esta comprensión de la continua relevancia del caso también debe concederse a los primeros maestros de la historia de Cenci. De hecho, uno de los jueces de Cencis en el acto 5, escena 1 de la tragedia de Shelley hace un comentario sobre la evidencia del asesinato que puede servir para explicar por qué los horribles hechos del caso tienen un significado universal.

 


NOTA BIBLIOGRÁFICA

Corrado Ricci, Beatrice Cenci (Nueva York: Liveright, 1933) proporciona un relato histórico detallado del caso Cenci (traducción de Morris Bishop & Henry Longan Stuart). Véase también, Antonio Bertolotti, Francesco Cenci e la sua Famiglia (Florencia: Gazzetta d'Italia, 1877). Las principales versiones literarias del caso Cenci discutidas en el ensayo son: Antonin Artaud, The Cenci: A Play (Nueva York: Grove Press, 1970) (traducción de Simon Watson Taylor); Robert Browning, "Cenciaja", en Los poemas y obras de teatro de Robert Browning 1008-12 (Nueva York: Biblioteca moderna, 1934); Alexandre Dumas, "The Cenci", enCelebrated Crimes 3-47 (Filadelfia: G. Barrie & Sons, 1895) (vol. 5) (traducción de IG Burnham); Francesco Guerrazzi, Beatrice Cenci ([Nueva York]: The National Alumni, 1907) (traducción de Luigi Monti); Nathaniel Hawthorne, The Marble Faun (Boston: Houghton Mifflin and Co., 1891) (vol. 1, cap. 7); Walter Savage Landor, "Five Scenes", en Stephen Wheeler (ed.), Las obras poéticas de Walter Savage Landor (Oxford: Clarendon Press, 1937) (vol. 2, págs. 6-29); Alberto Moravia, Beatrice Cenci (Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 1966) (traducción de Angus Davidson); Frederic Prokosch, A Tale for Midnight(Nueva York: Little, Brown, 1956); William Shand & Alberto Girri, Beatrix Cenci (Nueva York: Boosey y Hawkes, 1971) (libreto para ópera en dos actos y catorce escenas de Alberto Ginastera); Percy Bysshe Shelley, "The Cenci", en John Keats y Percy Bysshe Shelley: Complete Poetical Works 298-366 (Nueva York: Modern Library, 1932); Stendhal (Marie-Henri Beyle), The Cenci, en The Shorter Novels of Stendhal 165-203 (Nueva York: Liveright Publishing Corp., 1946) (traducción de CK Scott-Moncrieff); William Makepeace Thackeray, "Celebrated Crimes", en Robert S. Garnett (ed.), The New Sketch Book: Being Essays Now Recogido por primera vez de "The Foreign Quarterly Review ", 86-87 (Londres: Alston Rivers, 1906).

Para la descripción del estilo de Beatrix Cenci de Slowacki, véase Stefan Treugott, Julius Slowacki, Romantic Poet 88 (Varsovia, 1959).

Este artículo se publicó anteriormente en Opera News , 17 de marzo de 1973, págs. 10-13 y en A Gallery of Sinister Perspectives 11-20.

Ensayos recopilados de Albert Borowitz  1966-2005

 

 




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